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Mozart y la opera

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““Solo tengo que oír discutir sobre ópera, solo tengo que sentarme en un teatro, oír a la orquesta afinando sus instrumentos... ¡Oh, inmediatamente me siento exaltado, fuera de mí!” (Mozart).

Es difícil en la actualidad entender el real significado de este comentario. Sin radio, televisión, cine, etc., el teatro de ópera era algo inigualable. Era una especie de combinación de todos los espectáculos a los que nosotros estamos ahora acostumbrados: teatro, cine, televisión, campeonatos de deportes, entrega de los Oscar, Miss Universo, IMAX, etc. Era una experiencia sensorial única, una total inmersión, la última expresión de realidad virtual, donde cosas podían pasar, verse y oírse como en ningún otro sitio.

El tinglado operístico de los siglos XVII al XIX representaba la más avanzada tecnología de los tiempos. Para el hombre de la época, el teatro de ópera no era un lugar en el que solo se iba a ver actuar y a oír cantar. Era el lugar en el que los sueños se volvían realidad, el lugar en que todo era posible. Un lugar en el que, virtualmente, todos los aspectos de las artes: literatura, canto, danza, actuación, orquesta, vestuario, coreografía, escenario y la última tecnología se combinaban para crear una experiencia como no había otra en la tierra. Para Mozart la experiencia vivida tras los telones de las casas de ópera era tan excitante como la misma interpretación. Mozart era un artista profesional y en su corta vida viajó por todo el mundo exponiendo su arte y estableció un especial sentido de camaradería con artistas que pasaban su vida en giras, tocando y cantando para múltiples audiencias.

A Mozart le gustaba rodearse de cantantes y estaba intrigado y atraído por la moral, generalmente liviana, de las artistas. Mozart también parecía deleitarse con las preparaciones para una “premier”; todo esto era un verdadero gozo y deleite para él.

Pero por sobre todo, Mozart obtenía un verdadero placer viendo nacer a estos “hijos de su imaginación” (sus óperas) ante sus propios ojos y oídos. El teatro satisfacía sus instintos más primarios de fantasía, juego y diversión.

colaboradores@granasa.com.ec

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