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Las manos del Ecuador
Nos prometieron manos limpias. No cumplieron. Ahora hay más manos limpias en el Ecuador pero aún queda mucho por hacer. Todo lo mancharon, todo lo ensuciaron. Todavía estamos esperando conocer a quién pertenecen las manos manchadas con la sangre del general Gabela. Pareciera que al respecto, muchos nos quieren ver la cara, hasta el perito argentino que parece era el perito oficial del régimen de la década infame. (¡Qué buena cantidad de pericias se le encargaron!) ¿Hasta cuándo se burlan de nosotros insistiendo en la ambigüedad de que el crimen estuvo relacionado con la compra de los helicópteros y que todo está descrito en el tercer informe que ahora todo el mundo acepta que existió, aunque nadie se acuerde de su contenido, o porque no lo leyó o porque la cobardía le hizo perder la memoria. O porque hay una cláusula de confidencialidad. ¡Qué sinvergüenzas! ¿Tampoco va a aclararse entonces, quién mató a Quinto Pazmiño o al periodista Fausto Valdiviezo? Si no aclaramos esas muertes su sangre seguirá manchando nuestras manos. ¿Cuántos implicados poderosos todavía están detrás de esos asesinatos? ¿Hasta cuándo la República va a seguir funcionando como mafia siciliana?
Igual sucede con las manos manchadas por la corrupción. Queda mucho por aclarar respecto a las negociaciones con Odebrecht, y con los intermediarios petroleros, y con los proveedores de brazaletes chinos, y con las que introdujeron droga en la valija diplomática y... todo un largo etcétera. Hay muchas manos manchadas por la corrupción que todavía aplauden el pasado y siguen siendo poderosas en tiempo presente. ¿Hasta cuándo esperamos por la justicia? Respecto a las manos que firmaron esos contratos perjudicando el interés nacional en beneficio de su particular interés, provoca decir con indignación que deberían estar cortadas pero, como eso no es posible en razón de respetar los derechos humanos de todos, aún los de los pillos, al menos deberían estar identificadas para que no vuelvan a atentar contra el patrimonio público y para tener la posibilidad de saber que no sería injusto no extenderles las nuestras.