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Sobre las lluvias y sus plagas
Llegaron las lluvias, y con fuerza. Llegaron las calles inundadas, el tránsito peatonal y vehicular entorpecido y el mal genio a flor de labios. ¡Paciencia! Peor la tienen en los pueblos rurales, con los ríos desbordados de siempre. Peor, porque además se visibilizan las promesas incumplidas: “Nunca más van a sufrir por una nueva inundación”. Algo de cierto hay, se trata de las inundaciones de siempre, con una variación: los sobreprecios son más altos que los de antes de la revolución. Peor la tienen en Manabí y en Esmeraldas. Los encargados de las obras en beneficio de los damnificados están en plena campaña electoral, dedicados a las ciudades más grandes, con más votos.
Si no levantamos la voz por esas queridas provincias, como pretendo con el presente cañonazo, todo vendrá a peor, al menos hasta después de la primera vuelta. Es el colmo que con tanto encargado de la gestión posterremoto las cosas estén peor que nunca. Se montó lo provisorio con ánimo de así dejarlo para eternas memorias.
¡No hay derecho! Tras las múltiples desgracias sufridas en pérdidas de familiares y bienes, no cabe que hasta ahora sigan a la intemperie. Por lo menos actúen en la destrucción de criaderos. Con la colaboración de la población, nada que pueda contener agua puede quedar sin ser vaciado y eliminado a un sitio donde no cumpla el rol de criadero de mosquitos.
Al Aedes aegypti hay que tomarlo en serio. Puede transmitir dengue, chikungunya, zika y hasta fiebre amarilla en algunas zonas del país. En cuanto a otros como los anofelinos, un rebrote de paludismo nunca será un acontecimiento a saludar. Si se eliminan criaderos no habrá más mosquitos adultos que puedan convertirse en transmisores. Por supuesto, protegerse de las picaduras también ayuda. Repelentes y mosquiteros siguen siendo eficaces. E igualmente la destrucción de los ejemplares adultos con insecticidas.
Garantizar agua limpia es así mismo trascendente. El invierno invade las fuentes de agua y las contamina, las mezcla con las aguas negras. Hervir el agua es una buena medida si se sospecha su calidad. Igual ocurre con los alimentos.
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