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Jose Maria Castellanos: “En 2030, el coste por males del corazon se va a triplicar”
El segundo mejor cardiólogo del mundo está de visita en Guayaquil y habla con EXPRESO sobre la incidencia de casos. Y los efectos que el estrés y la falta de espacios recreativos (y deportivos) en Guayaquil, le provocan al corazón.

- ¿Por qué este panorama? ¿La prevalencia de casos está ligado inexorablemente a la edad?
- Por una parte sí. Sin embargo ese aumento también está ligado a los hábitos adquiridos en las últimas décadas, está ligado a la industrialización. Hace 40 años, por ejemplo, no habían esas tasas de mortalidad en Guayaquil, Ecuador o España. La gente trabajaba en el campo, comía de la tierra, comía mejor. Hoy es sedentaria, sufre de obesidad. Vive en entornos contaminados. Y todo ello daña al corazón.
- Y qué con el estrés. Estudios aseguran que la tensión puede desencadenar serios problemas cardiovasculares...
- En efecto. Factores psicosociales como la tensión, la ansiedad, depresión, el desempleo e inseguridad, tienen el mismo impacto en la enfermedad que el sedentarismo, el tabaquismo y la hipertensión. El estrés hace que la poca cantidad de grasa que puede haber en la sangre se acumule y forme una placa en las arterias o estimule la liberación de hormonas como noradrenalina y el cortisol, que pueden desencadenar infartos, derrames, arritmias malignas.
- Según reportes internacionales, la contaminación atmosférica y la exposición prolongada al ruido, genera además de tensión, afecciones similares. ¿Cómo contrarrestar el riesgo teniendo en cuenta que la mayoría de guayaquileños a diario deben lidiar con ello?
- Trabajando en conjunto, mejorando el entorno, haciendo modificaciones. Las autoridades que gobiernan la ciudad o están a cargo de las urbanizaciones y edificaciones en la misma, deben construir pensando en las secuelas de la enfermedad.
- Esto es, ¿levantando obras en lugares alejados del tránsito o las fábricas, o delimitando incluso las rutas por donde a los vehículos les conviene pasar?
- Más que eso. Haciendo una mejor planeación del suelo y creando normativas de construcción en las que se tenga incluso presente el tipo de material que podría protegerlos contra sonidos perturbadores que, a mediano o largo plazo, los enfermen. Llenando también la ciudad de vías peatonales y ciclovías en las que uno pueda movilizarse sin temor y construyendo, sobre todo, áreas sanas, oxigenadas, que depuren el ambiente y a consecuencia de ello, reduzcan los costos en salud.
- Suena bien, ¿pero qué tan difícil resulta cambiar el chip?
- Es bastante complejo. Sobre todo porque, debido a su corto tiempo de gobierno, las enfermedades crónicas, no forman parte de la agenda de un político. Entonces quienes tratamos de hacer conciencia en ello, estamos en desventaja, peleando porque las autoridades inviertan, aquí y en el mundo, en estrategias oportunas.
- ¿De prevención?
- De educación, especialmente. El Estado o la Municipalidad necesitan invertir en campañas educativas y programas de salud integral que les enseñen sobre todo a los niños a no adoptar factores de riesgo y comer bien. Si no hace un cambio desde ahora, ellos no vivirán tanto como sus padres.
Latinoamérica es una de las regiones con las tasas infantiles más altas de obesidad, incluso los infartos atacan cada vez más a adultos jóvenes.
Paralelamente se debe dar seguimiento a los pacientes ya infartados. Estadísticamente menos del 10 % a nivel regional tiene acceso a las medicinas que deben tomar, lo que incrementa el riesgo a que decaigan o fallezcan.
- ¿Otros países han hecho ya estos cambios?
- Algunos. La mayoría está librando el problema a su manera. Sin embargo en naciones como México se han implementado recursos. Actualmente esta es una de las patologías más caras de tratar. Y en el 2030 los costos se van a triplicar. Las autoridades deben saber que ya han llegado tarde a la solución. Ahora no les queda de otra que invertir, de lo contrario el coste económico va a destrozar su sistema. Ya ha habido países donde el PIB ha empezado a caer porque hay pacientes que mueren, que no pueden trabajar, aún siendo jóvenes.