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Hacer historia
Antes de ser presidente de Estados Unidos, Barack Obama era estudiante de historia. Tras enterarme de este dato, ahora entiendo su aparente obsesión con causar hitos históricos. El primer presidente afroamericano. El primero en visitar Hiroshima, el primero en tomarse un mojito cubano en la isla. No hay duda alguna: la normalización de las relaciones entre EE. UU. y Cuba será recordada –en materia de política internacional- como la gran victoria de Obama. Sucedió justo a tiempo. Antes de que su segundo mandato llegase a su final. Cuando llegó a la Oficina Oval tenía varias ambiciones. Él, que encarnaba el cambio, también cambiaría la forma en que el mundo veía a EE. UU. Su objetivo: dejar de ser la policía del planeta. Reemplazar la mano que castiga de Bush, por la que acaricia. En otras palabras, apostar por el “ganar-ganar” frente a la tradicional visión de suma cero. Los resultados fueron catastróficos. Tanto para la seguridad internacional, como para la imagen del presidente.
La decisión de retirar las tropas de Irak, por ejemplo, se entiende como la creación del espacio que permitió la consolidación del Estado Islámico (ante la falta de una fuerza disuasoria, se concretó el avance). Aunque su objetivo sea hacer historia, estoy segura de que esto no es lo que tenía en mente. Necesitaba una victoria que la comunidad internacional y la sociedad estadounidense aplaudieran. De aquí probablemente que durante las negociaciones haya realizado solo una exigencia al Gobierno cubano para normalizar sus relaciones: la liberación de Alan Gross. Una condición insignificante comparada con las administraciones anteriores que demandaban garantías de cambio de régimen. Obama, por el contrario, quiere terminar con el embargo y espera que las libertades económicas, generen más libertades civiles y políticas. Lo veo difícil. Existe el riesgo de que los nuevos ingresos (se estiman en $680 millones anuales) se “queden” en los grupos cercanos al poder, conllevando un posible fortalecimiento del régimen cubano. Obama, al haber sido estudiante, lo tiene caro: ese es el precio de hacer historia.
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