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Hecho consumado

La práctica del hecho consumado pretende imponerse una vez más en la política ecuatoriana. Es consubstancial al credo populista que domina la manera de hacer política. El hecho consumado es la antinomia del respeto a la ley.
La democracia ecuatoriana es una ridiculez, y los responsables de tal desparpajo son los que, en función de ella, hacen la mímica de actuar de acuerdo a valores que desprecian. El concepto de juego limpio es alienante para ellos y todo, incluso los números, son torcidos frente al objetivo de ostentar el poder a como dé lugar.
Los resultados del domingo 2 de abril se cocinaron con la intervención de delincuentes electorales, turistas políticos y actores mojigatos.
Para quienes entendemos de estadísticas y de programación, las evidencias son incontrastables. Recibí noticias el día anterior a la elección de cómo se había hecho el fraude en Venezuela, y se repitió acá, incluyendo la caída de la página que en treinta minutos permitió hacer entrar en línea el servidor paralelo cuyos códigos habían sido programados para reversar los resultados.
Para dar la imagen de seriedad académica se tomaron el nombre de una institución de prestigio, exhibieron a un personaje que, fungiendo de matemático, espetaba resultados imposibles de obtener. Se amenazó de muerte a los personeros de la verificadora independiente, y se armó la contramáquina del triunfalismo.
Los resultados son una verdadera bazofia: hay más votantes que ciudadanos empadronados; se reportan números absolutos cotejados con porcentajes que no los representan; la suma de las cifras es superior al 100 %. Y para coronar la estulticia, el pontífice del fraude, el presidente del CNE, se apresuró a anunciar como ganador al candidato oficial cuando quedaban 600.000 votos por contar.
No sorprende que quienes se inauguraron con un golpe de Estado legislativo pretendan repetir su mañosería. Pero esta vez se han topado contra la reacción de quienes en unísono exclaman: ¡basta ya! No es solo el abuso y la prepotencia lo que molesta; es tener que vivir las consecuencias del mayor despilfarro de recursos jamás habidos; de la corrupción que está a la vista con la pléyade de nuevos ricos que salieron de la nada; de las inversiones de relumbrón que han desperdiciado miles de millones de dólares en sobrecostos; y del dispendio de los dineros de los impuestos. Es, por último, la certeza de que el rumbo marcado es el de la dictadura indigna de Maduro, a la que se defiende incondicionalmente.
No pueden conducir una elección y juzgar sus resultados quienes tienen la sola consigna de hacer del candidato oficial el ganador.
Si habremos de evitar los hechos consumados no habrá uso, peor abuso, de los recursos propagandísticos del Estado contra el opositor; el recuento de la totalidad de los votos será público; deberá garantizarse la integridad de la cadena de custodia; no habrá limitaciones impuestas a los representantes de la oposición en los escrutinios; se hará la auditoría independiente de los códigos del programa de computación; y, finalmente, se identificará a los responsables de las trafasías para que rindan cuenta de sus acciones ante la justicia.
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