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El flojonazo
Cuando se dicta una orden de comparecencia no es para conocer a uno de los presuntos implicados o invitarlo a tomar el té. Es para establecer la verdad. Así lo dispone el art. 444 del COIP: “ ...cualquier persona que, a criterio de la o el fiscal deba cooperar para el esclarecimiento de la verdad, tendrá que comparecer ante la Fiscalía para la práctica del acto procesal respectivo...”. No tiene ningún valor procesal (y él lo sabe) la payasada de presentarse ante un cónsul, porque este -al no ser una autoridad judicial sino administrativa- no ejerce jurisdicción. Simple manipulación de la verdad por parte de Rafael C. (así es como se designa a los presuntos implicados en este país). Luego viene otra de las razones de fondo: impedir la prescripción del delito. Si alias ‘Carlitos’ se presenta al juicio cuando este se inicie, no comienza a transcurrir el plazo para su prescripción. La otra razón es que nadie puede ser juzgado en ausencia según el Pacto de San José: “art. 8...1. Toda persona tiene derecho a ser oída, con las debidas garantías... por un juez o tribunal competente...”. Y si queremos hablar de los estándares definidos por la Corte IDH, los cuales aluden a los principios de “excepcionalidad, necesidad, proporcionalidad y previsibilidad”, estamos precisamente en dicha situación. Si por esos extraños designios del destino, el vendedor de naranjas de la esquina va a dar a Bélgica y el juez le ordena comparecer cada 15 días, probablemente no tenga para el pasaje de avión. Para él, la orden es desproporcionada. Pero no hablamos de él, sino -precisamente- de un caso excepcional: el “genio” aparece en Buenos Aires cantando tangos con Adriana Varela, en Colombia o en el Mundial de Rusia y no sé en cuántos países más, siempre en avión privado, no en vuelos comerciales. Es decir, es alguien a quien le sobra el billete para andar de juerga por el mundo, sin saber de dónde lo saca. (Ya mismo resulta que se ganó la lotería.)
Le sobra dinero. Lo que le falta es valor. Pobre bocón del ático. Sus panas decían que es un valiente, que se “inmolaría”. Pero tan solo es un flojonazo.