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La Escuela de Guayaquil II
Tal como lo argumenté un par de años atrás, la Escuela de Guayaquil es un concepto que recoge las características que otorgan el patronímico de “ser” guayaquileño. El patronímico no se concede por nacimiento, sino por una forma de pensar y actuar: hay quienes, habiendo nacido en Guayaquil muestran tener un “tractor en la cabeza”; hay también los que la adoptan como suya y la honran, enalteciendo con su presencia a esta singular e histórica ciudad.
Hay también los odiadores, propios y extraños, quienes apuestan a que pierda fuerza y protagonismo. Son quienes niegan que la economía guayaquileña aporta al país quince veces más de lo que recibe. Que en forma reiterada es la ciudad más equitativa, donde la filantropía es una tradición de siglos. Es la urbe que preside sobre la provincia más productiva del país.
La Escuela de Guayaquil no es un modelo matemático o administrativo, sujeto a parámetros inamovibles, donde sus habitantes responden a estímulos pavlovianos. Tiene marcada preferencia por lo liberal, por la expresión individual, por el libre mercado, y no oculta su antipatía hacia las manifestaciones de centralismo que se han dado a lo largo de la historia de la República. El pensamiento guayaquileño se manifiesta en las ciencias, las artes, la literatura y la música; en el rescate de su historia y abolengo; en las amplias vocaciones de trabajo y producción; en la fuerza del comercio y de su condición portuaria; en la presencia del campo, de su cultura fluvial y marítima, y, por cierto, en el encanto de “sus rubias y morenas”.
Quienes hemos vivido la historia de Guayaquil somos testigos de las crisis existenciales de la urbe; de aquella que fue presa del populismo por cuatro décadas y supo salir adelante. Podemos afirmar que, aparte de lo que somos, estamos orgullosos de lo que tenemos. Los odiadores hablan de “reyes”, de “modelo elitista”, de la necesidad de “cambios refrescantes” y califican a una propuesta de consulta, como una suerte de dogal antidemocrático, escondiendo tras su palabrería análisis insulsos. Contrariando la franqueza de los de aquí, insinúan soterradamente que la gestión administrativa, en vez de ser parte de la solución, añade a los problemas; se palpa su añoranza por la economía burocrática, vilipendiando el libre intercambio; quisieran “refrescarse” viendo un municipio poblado por pipones y la basura regada por las calles. El progreso y la desgracia tienen a sus protagonistas. No hay necesidad de ensalzar o esculpir a nadie, pues los testimonios de aceptación los otorga mayoritariamente el pueblo que, en forma permanente y reiterativa, da altas calificaciones a sus autoridades.
La consulta, instrumento por excelencia de la democracia participativa, es una propuesta idónea para que decidamos si queremos mantener o desnaturalizar el ritmo de progreso que vivimos. Es propuesta de guayaquileños, para guayaquileños, y lo que sí esperamos es que, una vez que se den los resultados, no se repita el fiasco de la consulta que, sobre autonomía, ganó con el 94 % y cayó en la nada. Guayaquil sabrá escoger, y sus odiadores deberán seguir su coprofagia.