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Doble perdida
En nuestra nota anterior hablábamos de cómo la crisis ha afectado al sector privado de la educación. Hoy queremos retomar un punto de entre los expuestos el pasado sábado para comentarlo más en detalle.
No queremos en esta nota hacer un análisis de la importancia y la necesidad de la educación preescolar. Desde que a fines del siglo pasado se revelaron los estudios sobre la inteligencia, ha quedado perfectamente establecido que hay edades claves para enfrentar el conocimiento y el desarrollo de las distintas facultades humanas que hoy se conocen como inteligencias múltiples.
En efecto, el ahorro o la falta de dinero para sufragar el gasto de la educación preescolar ocasiona pérdidas económicas a los establecimientos educativos, pero la pérdida más seria y más grave es la que se realiza en el niño mismo, en la capacidad de aprender, de socializar, de comprender y de descubrir el entorno.
La gran perdedora es la inteligencia del ser humano, al no poderse provocar a tiempo estímulos y las respectivas conexiones (sinapsis) entre las neuronas del cerebro infantil, que son en definitiva, la vía por la que accede al conocimiento el individuo.
El no enviar al niño al jardín de infantes, o el resignarse a tenerlo en un establecimiento muy elemental, o el entregarlo en las manos de alguna parvularia que de seguro bien intencionada intentará trabajar lo mejor que pueda, ocasiona sin duda, la segunda y más grande pérdida con que la crisis golpea a los más pequeños.
Es verdad que algo se aprende en cualquier momento, pero no es menos cierto que es muy diferente aprender dentro de un modelo especial de enseñanza, acompañados de una clara y definida metodología, contando fundamentalmente con el espacio que resulta vital en los primeros años, y con el enfrentar y vivenciar el entorno: la naturaleza y todos los otros bienes de la creación con que se decora el proceso de aprender, influenciado todo esto por una filosofía institucional que busque claros objetivos y desarrolle valores y principios, desde sociales hasta espirituales, que son también altamente necesarios.
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