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Ayer, 19 de febrero de 2017, los ecuatorianos concurrimos a las urnas para con nuestro voto decidir el futuro del país.
Los resultados de este proceso electoral no los conocemos todavía cuando “borroneamos” este comentario de Atalaya. Ahora lo que corresponde es dejar constancia para la historia de que esta fue una campaña electoral en la que se puso de manifiesto la descomposición ética que asfixia a la sociedad en la que vivimos.
Una campaña electoral se supone que la llevan a cabo seres humanos, que por la calidad de políticos que ostentan deben respetarse a sí mismos y respetar a la ciudadanía de la que esperan su voto para “salvar a la patria”. Pero la realidad es otra. En esta campaña se descendió a las cloacas más inmundas, se destaparon las alcantarillas más nauseabundas.
La corrupción fue el caballo de batalla, con el agravante de que los corruptos en lugar de avergonzarse por lo que salía a luz, se ufanaban de aparecer como honestos y echarle la culpa a otro, ante una ciudadanía que con estupefacción contemplaba este espectáculo.
Por otra parte, el candidato oficialista pasó casi desapercibido porque no compareció ante la opinión nacional como lo hicieron los demás, para exponer sus programas y sus planes de gobierno, esgrimiendo para ello pretextos fútiles que nadie aceptó, por obvias razones.
El pueblo no “come cuentos”. La corrupción que nos carcome no puede ser combatida y exterminada con funcionarios que, en lugar de cumplir con sus obligaciones consagradas en las leyes, inventan mil y un pretextos para tapar las cloacas, sin comprender que el pueblo no es tonto, como ellos creen.
Reconozcamos con valentía que la sociedad está enferma porque desvaloriza conceptos intangibles y eternos que, por mucho que la tecnología avance como avanza, no los debe echar por la borda.
Hay tanto para hablar y escribir sobre este tema: lo vamos a hacer. La corrupción debe ser derrotada por nosotros, no por los políticos.
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