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Y despues del carnaval que...
La vida, la dinámica y el accionar económico y sociopolítico del país han estado agitados en los últimos días. Salimos de momentos de incertidumbre y angustia respecto a cuál podría ser el destino que desde las esferas del poder se pretendía dar al pronunciamiento del pueblo soberano.
La semana pasada dejó lecciones a vencedores y a vencidos. Especialmente a quienes dicen estar atentos al sentir de los deseos y latidos del pueblo: los políticos, dirigentes y líderes de las distintas organizaciones. En un momento parecía que ese pronunciamiento ciudadano peligraba, pues fuerzas misteriosas de un “poder extraciudadano” intentaban operar siniestramente para torcer los resultados. A buena hora no fue así.
Los días de carnaval terminaron ya. Fueron de festividad y jolgorio colectivo, y parecen haber “mojado y empolvado” los temores y angustias del pueblo. Han creado un paréntesis después de “días calientes”. La reacción ciudadana detuvo la pretensión de quienes creyeron que era posible “cambiar” lo expresado en las urnas.
Lo que viene ahora es más que una convocatoria electoral que enfrenta a los finalistas en un balotaje cuya decisión final la dará el pueblo. Ante ello es necesario y urgente que los políticos reflexionen a fondo sobre lo manifestado por la población en la primera vuelta. Ahí está un mensaje claro y una lección que todos deben aprender: el pueblo quiere que tanto la política como los políticos y lo que ellos han hecho, cambie. La sociedad ecuatoriana pide sinceridad, transparencia, honestidad, honradez y ética. No quiere que le mientan, que la crean ingenua, pues, sabiendo y sufriendo una crisis no puede tolerar que se le diga que vive una recuperación, que ya todo ha pasado, que le esperan momentos de un futuro feliz, que no hay desempleo y que la inseguridad es solo un “problema de percepción”. Por eso a los candidatos finalistas les corresponde meditar bien lo que el país piensa y demanda. No se puede hacer política con eslóganes, consignas y promesas imposibles de cumplir. El ciudadano común pide que no lo engañen más. Que la campaña sea de respeto y civismo. El soberano deberá ser quien finalmente acepte o rechace las propuestas. Lo hará con sabiduría e inteligencia popular. Solo así el país tendrá un cambio positivo.