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Diario Expreso Ecuador

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Desamparados

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La tragedia no ocurrió aquí aunque igual puede suceder o quizá ya pasó. Lo ventajoso de la distancia, en este caso, es que permite retomar el triste drama sin provocar susceptibilidades domésticas o polvaredas de honorabilidad afectada.

María Andrea Cabrera, joven bogotana de 25 años, graduada en comunicación social, que trabajaba en la Universidad de La Sabana, se aprestaba a viajar a Barcelona para estudiar su maestría.

La noche del 3 de febrero se reunió con dos amigas para cenar y de ahí salir a rumbear, como dicen los cachacos, al bar “Mint”, con tres jóvenes conocidos de la universidad, a quienes se les unió un cuarto, desconocido.

Hubo “whiskey”, también Red Bull, baile y fotos para las redes sociales.

A eso de las tres, María Andrea y su amiga Carolina Daza se sintieron mal, al punto que la primera se fue a vomitar al baño; era tal su malestar que prefirieron irse a la casa de Carolina, donde llegó exánime.

María Andrea se descompuso tanto que Carolina llamó a un amigo para que la ayudara.

Cuando entró a la habitación se asustó. Era inútil llevarla a la cercana clínica Santa Fe. A las cinco de la mañana del domingo la joven estaba muerta como consecuencia de una mezcla letal de alcohol y de droga “éxtasis”, como reveló la necropsia posteriormente.

¿Le pusieron droga a María Andrea? ¿La consumió a sabiendas? ¿Niña buena o de doble vida?

Hija del general en retiro del Ejército colombiano, Fabricio Cabrera, la familia afronta ahora dos tribunales. El penal para establecer responsabilidades. El otro, más despiadado, el de la opinión pública en las redes sociales que desmenuza, agranda, acusa, absuelve, pero sobre todo hurga en la vida de la persona, la desarma sin piedad, la ofrece como presa para aquel que quiera satisfacer sus reclamos de justicia o de condena.

Ese es el desamparo de nuestra condición. En lo virtual, seguimos matando a María Andrea Cabrera.

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