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En defensa de la globalizacion

Recientemente estuve en Chile para un Congreso del Futuro y tuve la ocasión de viajar al sur, al extremo de América Latina. También hice un documental para la radio BBC, llamado Reparando la globalización, para el cual atravesé el Reino Unido en busca de ideas para mejorar ciertos aspectos de la globalización y discutí temas de actualidad con expertos reconocidos. En ambos casos vi cosas que me convencieron de que es hora de que alguien defienda la globalización. Chile hoy es el país más rico de América Latina, con un PIB per cápita de alrededor de 23.000 dólares -similar al de países del centro de Europa-. Este es un logro sorprendente para un país que tanto depende de la producción de cobre, a pesar de que enfrenta desafíos económicos y su tasa de crecimiento deja bastante que desear; pero también tiene muchas oportunidades prometedoras más allá de sus fronteras. Por ejemplo: el cobre tiene poderosas propiedades antibacterianas y es un material ideal para utilizar en instalaciones de atención médica donde suelen propagarse las bacterias. Eso significa que productores de cobre como Chile, Australia y Canadá pueden mejorar la salud global -y promover las exportaciones- al introducir infraestructura asequible de cobre en hospitales y otros entornos clínicos en todo el mundo. Chile también es un depósito de conocimiento en materia de terremotos y tsunamis. Más allá de este país, es interesante que el presidente chino, Xi Jinping, asista a la reunión anual del Foro Económico Mundial en Davos este año. China ya es el mayor importador de productos de por lo menos 70 países, probablemente se convierta en mayor importador que la UE antes de que termine esta década, y quizá supere a EE. UU. poco tiempo después. Es más, la desigualdad económica entre países ha caído marcadamente en los últimos 20 años, debido en parte al ascenso de China, así como al desarrollo económico en Asia, América Latina y otras partes. Las proyecciones recientes sugieren que, para 2050, la pobreza habrá sido erradicada de todas partes, excepto de África. Esto no sucederá sin la globalización. ¿Acaso sus críticos -aquellos que, erróneamente, la consideran un juego de suma cero- están en contra de erradicar la pobreza global? Los responsables de las políticas pueden tomar medidas para aliviar las ansiedades que genera la globalización y para aumentar los salarios de los que menos ganan, algo que en verdad podría ayudar a impulsar la productividad ya que el capital se vuelve menos costoso en relación a la mano de obra. También tienen que priorizar proyectos de desarrollo como la “usina del norte” y el “motor de Midlands” en el RU. Y deberían lanzar más iniciativas de este tipo en otras partes, además de fortalecer el cumplimiento de las leyes que rigen los acuerdos comerciales (y hacer más) para ayudar a los sectores domésticos perjudicados. Esto me recuerda la triste historia de unos trabajadores despedidos de Goodyear Tire en Inglaterra: las ofertas laborales para ocupar los puestos que habían perdido aparecieron en una pizarra de anuncios; podían volver a postularse para ellos si estaban dispuestos a mudarse a México. Los trabajadores suponían que a la compañía le resultaba más fácil cerrar su planta en el RU que cerrar fábricas aún menos productivas en Francia o Alemania. A pesar de los muchos desafíos que ha creado, la globalización hizo del mundo un lugar mejor de lo que habría sido sin ella. Todavía necesitamos que erradique la pobreza y genere estándares de vida más altos para todos.
Project Syndicate