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Crisis de los refugiados

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A la par de los festejos navideños de 2017, los alemanes recuerdan a los muertos del atentado de en una feria navideña de Berlín por un migrante cuyo pedido de asilo fue rechazado, incidente que avivó el malestar público hacia la inmigración, y es probable que haya tenido que ver con el hecho de que la canciller Angela Merkel no haya podido formar un nuevo gobierno de coalición tras la elección federal de septiembre. En el electorado alemán hay un difundido temor a ver el país inundado por otra oleada de inmigrantes como la de hace dos años. Pero hoy la situación es muy distinta. El 15 de noviembre de 2015, en un centro de control de migraciones del Ministerio Alemán de Asuntos Exteriores (en Berlín), se hacía un seguimiento de los flujos de refugiados en cada cruce de frontera por el que podrían pasar en la ruta que va de Grecia a Alemania. De 12 millones de sirios desplazados, al final llegó a Europa un millón. Y pese a la masiva respuesta del Gobierno y de miembros de la sociedad alemana, muchos solicitantes de asilo terminaron durmiendo en las calles y en estaciones de ferrocarril. En ese momento se rumoreaba que los migrantes estaban provocando una oleada delictiva en todo el país, pero una investigación posterior halló que la incidencia de delitos a lo largo de las rutas migratorias apenas aumentó. Dos años después mucho ha cambiado. La burocracia alemana ha trabajado a destajo para procesar solicitudes de asilo y facilitar la integración de los migrantes. De 700.000 solicitudes recibidas en 2016, han sido rechazadas casi 300.000 personas, ahora a la espera de que se las regrese a sus países de origen. Grecia empezó a cerrar algunos campos de refugiados. En Italia hay una disminución de la cantidad de solicitudes de asilo. Turquía ahora integra a los migrantes a su sociedad y la Comisión Europea le proveerá 700 millones de euros en respuesta. La situación también mejoró en el norte de Irak: tras la derrota militar de ISIS y la recuperación del territorio que ocupaba, los refugiados kurdos tienen la opción de quedarse o regresar a Siria. La excepción es Líbano: con una población de apenas 4 millones de personas, hoy alberga a más de 1,5 millones de refugiados sirios, con una creciente sensación de fatiga que amenaza con desestabilizar el frágil esquema de poder compartido multiconfesional en el país. ¿Qué hacer entonces? Tal vez Jordania ofrezca un modelo para imitar. Hasta hace poco mantuvo a la mayoría de refugiados confinados a lo largo de la frontera con Siria, lo que al principio limitó su acceso a educación y a mercados laborales. Pero gracias a esfuerzos concertados de la comunidad internacional y financiación provista por la UE, se han iniciado varios programas para estimular las inversiones, alentar a las empresas a contratar refugiados y crear zonas económicas especiales en la frontera, lo que facilitará que empresas y comunidades de refugiados sirios comiencen a crear capacidades para reconstruir la Siria de posguerra cuando llegue el momento. La UE puede inspirarse en el modelo jordano para comenzar a elaborar políticas migratorias más coherentes y fundadas. Mucho dependerá de Alemania. Esperemos que sus líderes no permitan que la agitación del malestar respecto de la inmigración impida el logro de un acuerdo de coalición.

Project Syndicate

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