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Crisis de locura

Debemos estar conscientes de haber atravesado y aún no superado una grave crisis moral. La honestidad y la ética política, principios básicos de todo buen gobierno, fueron violentadas y sólo un cambio brusco de timón ayudó a que se vomite la mugre de un régimen, la identidad de algunos de sus autores y el monto aproximado de sus fechorías. Cada semana cruzamos apuestas sobre nuevos pillastres revolucionarios, especulamos sobre su castigo y sobre la hipotética recuperación de las fortunas sustraídas. Lo que sí es evidente es que se incrementa cada vez más la galería de delincuentes que traicionaron las esperanzas de un país con el pretexto de ser leales a su viciada revolución.
Con marcado asombro observamos cómo se cruzan entre ellos acusaciones y amenazas, quedando n claro que se manipuló documentos comprometedores que debieron ser judicializados de inmediato , escondiéndolos bajo la manga y reemplazándolos por otros, gracias a la cooperación de alguna “amiga”. No imaginamos que a esa crisis moral se sumaría desvergonzadamente una crisis de locura , generada por la reciente divulgación de bochornosos diálogos entre altos funcionarios de Estado y por las recíprocas acusaciones que éstas suscitaron. El asombro se instaló en la nación por la desvergüenza con que se cruzaron las acusaciones y por la deplorable condición humana mostrada por sus protagonistas. Dos “ compadres lindos” que se calificaban de “hermanos” , compartieron la loca idea de “bajar definitivamente” al escurridizo Fiscal General por ser un “peligro” para sus planes o propósitos. Una “amiga” y un “chiquito” completaron el elenco, sin que sea necesario esclarecer sus identidades: basta haberlas ocultado para revelar la ilicitud e impureza de sus actuaciones. A todo ello se sumó un vocabulario que debió despertar la envidia de matones de barrio. ¿Cómo pensaban “bajar” al Fiscal?. ¿Expulsándole de su cargo o pensando en el escopetazo que echa por tierra a un pájaro cualquiera ? Al parecer, Baca Mancheno debió creer en esta última versión pues, enardecido, responsabilizó a Serrano de cualquier atentado que se llegara a cometer contra su integridad física o la de su familia.
¿Se ha generalizado, entonces, la locura? Si todos se han vuelto locos, tendríamos que admitir que ellos son los cuerdos y representan con fidelidad la condición y calidad humanas del político ecuatoriano . Pasaríamos a ser locos quienes soñamos vivir en un país democrático y libre de violaciones de nuestros derechos humanos; en un país donde, por añadidura, la coima no sea la moneda corriente en las contrataciones públicas.
No pierdo, a pesar de todo, la esperanza de que, cuando este artículo se publique y respondiendo positivamente a la masiva presión ciudadana, los protagonistas de tan vergonzoso acontecimiento hayan renunciado a sus cargos o fugado del país y se comience a dar pasos ciertos y firmes, exentos de retórica sensiblera , para dignificar una escuálida y fraudulenta democracia que ha azotado buena parte de nuestras vidas.