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Los crimenes de Casas Viejas
Los pobladores del remoto recinto Casas Viejas, al interior de la carretera principal, aunque a pocos kilómetros de Guayaquil, dicen que puede tratarse de una venganza por desacuerdos “en asuntos de tierras” o de “repartos por drogas”. Reparto por drogas: la expresión es cada vez más frecuentemente utilizada pero todavía no hay una conciencia clara de la gravedad de la situación.
Por supuesto, la Policía Nacional hace lo que puede y ello es de agradecer. También actúan contra el crimen organizado las Fuerzas Armadas pero, obviamente, la situación clama por cooperación internacional especializada, que fue la sugerencia realizada desde múltiples vertientes cuando se advirtió, hace ya más de una década, del riesgo de convertirnos en una narcodemocracia. A la fecha, todas las señales que emite el Ecuador, confirman que las advertencias fueron válidas pero inútiles, dado que no se tomaron a tiempo las acciones requeridas, pese a su urgencia.
En efecto, por aire, mar y tierra se evidencian las señales que deja el crimen organizado. Pululan las avionetas que vuelan sin permiso y cada día se descubren pistas clandestinas. Los hallazgos de esas anomalías ocurren cuando las aeronaves sufren accidentes y entonces es posible verificar que sus pilotos tenían antecedentes de capturas previas vinculadas al tráfico de estupefacientes. En el último caso fue grotesco escuchar el argumento de que el vuelo accidentado no tenía relación con el narcotráfico puesto que en la inspección de los restos no se había encontrado rastros de sustancias prohibidas. El piloto que la conducía sí era reincidente.
En cuanto al mar, crece el volumen de pescadores que transportando droga en sus embarcaciones son capturados en alta mar o a su arribo a las costas centroamericanas, en cuyas cárceles guarda prisión un abultado número de compatriotas.
Por su parte, en tierra, se multiplican los descubrimientos de casas destinadas a constituirse en bodegas camufladas de todo tipo de sustancias y también las sospechas del lavado de dinero sucio; y por supuesto, crece igualmente el consumo interno y la aparición de centros de tratamiento de adicciones que no guardan los requisitos mínimos.
Sin duda, el tomar cartas en el asunto debiera ser un punto prominente de la agenda nacional, pública y privada.