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Comercios que nunca duermen
La noche y la madrugada marcan la rutina de trabajo de cientos de personas que laboran mientras la ciudad descansa. Farmacias y restaurantes son de los más visitados.

Cuando el sol cae y la noche se adueña, en muchos lugares y para muchas personas la jornada termina, pero en cientos de locales de Guayaquil la vida continúa. El tiempo no pesa y a veces el ritmo se acelera.
A pesar de que la oscuridad llama a la siesta, Guayaquil es una ciudad con la que se cuenta veinticuatro siete.
Que si el hambre llega a las 5 de la mañana, que si la llanta de un vehículo se averió a las 4 de la madrugada o si un dolor de cabeza apareció a las 2, siempre hay un lugar que nos salva.
EXPRESO emprendió un recorrido en la ciudad buscando los locales que atienden a toda hora.
Restaurantes con variedad de platillos, farmacias de diferentes colores, vulcanizadoras grandes y pequeñas y distintas gasolineras que guardan tiendas es lo que se observa a las 02:00, 03:00, 04:00 y hasta que amanece el día.
A esas horas las desoladas calles contrastan, por ejemplo, con el movido ambiente de restaurantes que atienden a personas que se fueron de fiesta y que a las 3 de la mañana fueron sorprendidos por el hambre.
Como toda metrópolis, Guayaquil descansa a medias, porque lugares como las farmacias, que salven a la gente de malos ratos, son necesarios a toda hora y todos los días.
Lo que viven las farmacias en la madrugada
Si de locales que deben permanecer abiertos se trata, las farmacias, por el servicio que brindan, no deberían apagar nunca sus focos. Siempre son visitadas por una extensa clientela, una visita que no perdona la hora ni el sueño de los que necesitan medicamentos para calmar alguna dolencia. En Guayaquil hay algunas que no duermen. En la ciudadela Alborada, por ejemplo se observa una que atiende las 24 horas del día. Con dirección a ella, Christian Jaramillo se apresura a comprar unas pastillas, con rostro de preocupación acelera su paso, debe regresar pronto a casa con el medicamento porque su pequeño hijo hierve en fiebre. Se muestra un poco triste también y alcanza a comentar a EXPRESO que tuvo que levantarse de la cama y salir a buscar una de estas tiendas que esté abierta a esa hora, que ya pasaba de la medianoche. Tuvo que trasladarse desde la ciudadela Guayacanes al lugar porque no encontró una por su sector. Al sur de la urbe también se aprecian otras. En las calles 17 y Portete otra farmacia acoge a una fila de clientes, cuando ya pasa la 01:00. Hilda Parrales, la joven que atiende el local, asegura que lleva más de 10 años trabajando con turnos de amanecida, y aunque a veces le da sueño en la madrugada, la satisfacción de acabar con dolencias y malestares de cientos de personas que llegan a cada momento a su lugar de trabajo es lo que la mantiene muy despierta.
En la cocina la noche no se siente
Los restaurantes también se amanecen, aunque no todos. Entre las calles Chile y 10 de Agosto, La Canoa navega a toda hora. Es un atractivo restaurante que sirve platos típicos en sus mesas, desde arroz con guatita hasta el encebollado, también hay otros pasteles y aperitivos. Ese rincón, ubicado en el hotel Continental, nunca duerme. Juan Paquín es el salonero, quien luce enérgico sirviendo los platos. A pesar de que corren las 23:00, él parece recién despertado de una larga siesta . Luis Guala es el asistente de cafetería y asegura que en el lugar las horas nocturnas no se sienten porque la vida en la cocina, en la caja y en las mesas no para, son 8 empleados quienes dan vida a La Canoa hasta que amanece, a ellos la noche no les preocupa, solo les advierte una nueva rutina acelerada de su trabajo. “Aquí vienen a menudo la personas quienes salen de las discotecas y tienen hambre, por eso todas las mesas se llenan”, comenta. Los platos en el lugar sobrepasan los 15 dólares. En una de las mesas a Alfredo Quiñónez su familia le festejaba con comida y torta sus 49 primaveras, él junto a su esposa aseguran que nada mejor que encontrar un sitio con buena comida donde apaciguar el hambre que a veces surge en la madrugada. “Por eso vine a celebrar mi cumpleaños a aquí porque me salva de antojos a cualquier hora”, lo dice con una sonrisa.
Las gasolineras, estaciones de la madrugada
A más de ser el lugar para abastecer de combustible a los vehículos, las gasolineras en Guayaquil son una parada de descanso, incluso para quienes no tienen carro. En una de estas estaciones, ubicada en la avenida de Las Monjas, la atención es a toda hora, ese es un lugar donde acuden siempre trabajadores de las diferentes empresas del sector, una vez terminado su horario de trabajo, también lo hacen en horas de almuerzo o incluso antes de ir a laborar. Las tiendas de la gasolinera significan una alternativa para calmar el hambre en horas de la madrugada, cuando los conductores quieren tomar un descanso, comer algo, cargar de combustible su carro y volver al recorrido. Eso es precisamente lo que hace Ariel Lainez, un taxista que trabaja hasta las 03:00, “muchas veces cuando he tenido hambre en la madrugada me he dirigido a una gasolinera, compro algo y descanso un momento”, dice. Alejandro Lecaro atiende el horario de amanecida en una tienda de estas estaciones de combustible ubicada en la vía León Febres Cordero, asegura que aceptó el trabajo para poder continuar con sus estudios. A veces no le gusta el horario, pues comenta que le ha tocado lidiar con personas ebrias, especialmente los fines de semana. “Hace poco pasaron unos chicos que regresaban a casa desde la discoteca, vinieron a comprar alcohol y rompieron un par de botellas exhibidas”, sin embargo también dice que hay días tranquilos en las que las noches y las madrugadas son su mejor compañía.
Una vulcanizadora a toda hora
En la esquina que une las calles 10 de Agosto y Los Ríos, Jorge Garófalo y su hijo llegan a bordo de una bicicleta, cuando ya son casi las dos de la mañana. Es increíble ver cómo en un transporte tan liviano caben los dos hombres de más de 80 kilos, cargando además una llanta. La oscuridad y las desoladas calles dan la apariencia de un peligroso ambiente para ambos, pero ellos no le temen a la noche, pues es la oportunidad de llevar a la vulcanizadora la llanta de la moto que por el trabajo de la tarde no hubo tiempo de hacer arreglar, “hace poco salió mi hijo del trabajo, por eso venimos a esta hora, así mañana ya no nos trasladaremos en bicicleta sino en la moto”, dice el que tiene algunas canas. En el sitio le esperan José Luis Montecé y Gustavo Criollo, recostados por donde pueden viendo noticias en un pequeño televisor, se levantan sin titubeos para atender a los clientes. A José le gusta su trabajo de amanecida, “es tranquilo aunque es un empleo que solo da para sostenerse, a pesar que en invierno es bueno por la cantidad de clientes que llegan a toda hora”, dice mientras arregla la llanta. Él ya está acostumbrado al silencio de esas horas y a la visita momentánea de quienes necesitan ayuda para su vehículo. A Gustavo, en cambio, el horario no lo convence, tiene los ojos rojos como quien quiere dormir largamente, “metí carpeta para otros trabajos pero como tengo 47 años ya no me toman en cuenta”, se lamenta y continúa viendo la televisión.