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La otra cara

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En mi artículo anterior afirmé que iba a desarrollar una idea: la confianza mutua como medio para el progreso en 2016. No soy una idealista sin remedio, escribo desde una experiencia que ha mostrado ser exitosa: la Unión Europea. Pero hay unos puntos que aclarar. La imagen del comercio. Aceptemos que no es muy positiva. Ante la posible firma del Tratado de Libre Comercio con EE. UU., el centro del debate era cómo se vería perjudicada la empresa nacional. ¿Valía la pena perjudicar la economía solo para que el consumidor tuviera más opciones de compra? Es fácil adjudicar características negativas a la actividad. ¿Qué más se puede esperar de una acción motivada por fines de lucro? Comercio explotador e injusto. Sin embargo, estas atribuciones no constituyeron el motor que llevó a la unión a Europa. Lo que subyace tras la decisión de crear un mercado común es la confianza. Explico: una vez superadas las barreras arancelarias, existía otro impedimento en la libre circulación de productos: las normas sanitarias. Los mínimos que una naranja española debía cumplir para garantizar a Francia que podía consumirla sin poner en riesgo su salud. Estas barreras no arancelarias llegaron a su fin con la siguiente lógica: “si los italianos consideran que su aceite es bueno para sus ciudadanos, ¿por qué sería perjudicial para el resto?”. El principio de reconocimiento mutuo. Recalquemos los resultados: crecimiento económico (a pesar de las exigencias, varios países de Europa del Este han buscado su anexión) y también paz, aprender a adquirir lo que necesito del otro a través de acuerdos y no de la lucha. Como afirmó Frédéric Bastiat, “si los bienes no cruzan las fronteras, los soldados lo harán”. Considerando que América Latina es el sector con mayor número de barreras no arancelarias (certificado de origen y sanitarias) podríamos tratar de ver la otra cara de la moneda: confianza y reconocimiento como motor. Después de todo, la riqueza y la paz no pueden ser hijas del egoísmo y la injusticia.

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