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El cambio climatico y la carne
El año pasado, tres de las mayores empresas cárnicas del mundo (JBS, Cargill y Tyson Foods) emitieron más gases de efecto invernadero que Francia, y casi tanto como algunas grandes petroleras. Sin embargo, mientras gigantes de la energía como Exxon y Shell fueron blanco de críticas por su responsabilidad en relación con el cambio climático, las corporaciones productoras de lácteos y carne han eludido el escrutinio. Para evitar un desastre medioambiental, esta disparidad de criterios debe cambiar. JBS llegó donde está con ayuda del Banco Nacional de Desarrollo Económico y Social de Brasil, y aparentemente, sobornando a más de 1.800 políticos. No es de extrañar entonces que a la empresa no le preocupen particularmente las emisiones. Los miembros de las industrias cárnica y láctea presionan intensamente por la aprobación de políticas favorables a la producción, a menudo en detrimento de la salud pública y medioambiental. Con una variedad de estrategias que van de poner trabas a las normas sobre reducción de emisiones de óxido nitroso y metano, a eludir obligaciones de reducir la contaminación del aire, el agua y el suelo, estas empresas lograron aumentar las ganancias y cargar los costos de la contaminación a la gente. Una de las muchas consecuencias es que hoy la producción ganadera genera casi 15 % de las emisiones globales de gases de efecto invernadero (más que todo el sector de transporte del mundo). Además, se prevé que en las próximas décadas gran parte del incremento de producción cárnica y láctea saldrá del modelo industrial; si el ritmo de crecimiento coincide con lo pronosticado por la FAO, será mucho más difícil impedir aumentos de las temperaturas a niveles apocalípticos. En la Conferencia de NN. UU. sobre el Cambio Climático (COP23) celebrada el mes pasado en Bonn (Alemania), se instruyó a varios organismos de la ONU (por primera vez en la historia) para que cooperen en temas relacionados con la agricultura, incluida la gestión del ganado. Es una decisión loable sobre todo porque comenzará a exponer los conflictos de interés endémicos al comercio agroindustrial en todo el mundo. Por desgracia, las políticas actuales sobre el clima incluso alientan una mayor producción e intensificación. Pero hay soluciones. Para empezar, los gobiernos pueden redirigir fondos públicos desde la producción agrícola de tipo fabril y la agroindustria a gran escala hacia granjas familiares más pequeñas y ecológicamente conscientes; y usar las políticas de compra pública para apoyar la creación de mercados para los productos locales y alentar economías de agricultura en pequeña escala más limpias y vibrantes. Muchas ciudades de todo el mundo ya basan sus políticas energéticas en el cambio climático. El mismo criterio puede aplicarse a las políticas alimentarias municipales. Por ejemplo, una mayor inversión en programas de provisión directa de alimentos desde granjas a hospitales y escuelas puede garantizar dietas más sanas para los destinatarios, fortalecer las economías locales y reducir el impacto climático de las industrias láctea y cárnica. Las megaempresas lácteas y cárnicas llevan demasiado tiempo actuando con total impunidad en relación con el clima. Para poner freno a la suba mundial de temperaturas y evitar una crisis ecológica, los consumidores y los gobiernos deben esforzarse más en apoyar la producción ambientalmente consciente. Es lo mejor para nuestra salud y para la salud del planeta.