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Calentamiento global y el hambre
Los datos anuales han arrojado durante más de una década que el hambre en el mundo está en declive. Pero esto ha cambiado: según últimas cifras de la Organización de Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), en 2016 el hambre afectó a 815 millones de personas, 38 millones más que en 2015, y la desnutrición amenaza a millones. La investigación que efectúa el Consenso de Copenhague ha ayudado durante mucho tiempo a centrar la atención y los recursos en las respuestas más eficaces a la desnutrición. Desafortunadamente, existen señales preocupantes de que la respuesta global puede estar yendo en dirección equivocada. La FAO atribuye el aumento del hambre a una proliferación de conflictos violentos y a “conmociones relacionadas con el clima” (inundaciones y sequías). Sin embargo, en su comunicado de prensa “las conmociones relacionadas con el clima” se convierten en “cambio climático”. Pasar de culpar a las “conmociones relacionadas con el clima” a responsabilizar al “cambio climático” puede parecer una diferencia menor, pero significa mucho, especialmente cuando se trata de la pregunta más importante: ¿cómo ayudamos a que el mundo se alimente mejor? Precipitarse y culpar al cambio climático atrae la atención, pero hace que nos centremos en respuestas más costosas y menos efectivas. El grupo de expertos sobre cambio climático de Naciones Unidas (IPCC) ha demostrado claramente que a nivel global no ha habido un aumento de las sequías. Confiar en políticas climáticas para luchar contra el hambre no va a resultar. Cualquier recorte realista de carbono será costoso y prácticamente no tendrá impacto en el clima para fines de siglo. La deforestación, los fertilizantes y los combustibles fósiles utilizados en la producción de biocombustibles contrarrestan aproximadamente el 90 % del dióxido de carbono “ahorrado”. Los subsidios a los biocombustibles contribuyeron al aumento de los precios de los alimentos, y su rápido crecimiento solo se frenó cuando los modelos mostraron que para 2020 hasta otros 135 millones de personas podrían sufrir hambre. Asimismo, las políticas climáticas desvían los recursos de las medidas que reducen el hambre de forma directa. Existen maneras efectivas de producir más alimentos. Como lo ha demostrado la investigación del Consenso de Copenhague, una de las mejores es tomarse en serio la inversión en investigación y desarrollo para mejorar la productividad agrícola. Por medio del regadío, los fertilizantes, los pesticidas y el mejoramiento de las técnicas de cultivo, la Revolución Verde aumentó la producción mundial de cereales en 250 % entre 1950 y 1984, elevando la ingesta de calorías de las personas más pobres del mundo y evitando hambrunas severas. Necesitamos continuar avanzando a partir de este progreso. Invertir $ 88 mil millones más en I+D agrícola en los próximos 32 años aumentaría los rendimientos en 0,4 puntos porcentuales adicionales cada año, lo que podría salvar a 79 millones de personas del hambre y evitar cinco millones de casos de malnutrición infantil (casi 3 billones de dólares en bienestar social, conllevando un enorme retorno de $ 34 por cada dólar gastado). El Banco Mundial ha descubierto que el crecimiento de la productividad en la agricultura puede ser hasta cuatro veces más efectivo en la reducción de la pobreza que el crecimiento de la productividad en otros sectores. Nos encontramos en un punto de inflexión. Tras lograr espectaculares progresos contra el hambre y la hambruna, corremos el riesgo de una recaída debido a decisiones mal evaluadas.