Actualidad
La que se armo

“Hoy, en presencia de ustedes, se ha cumplido este pasaje de la Escritura” (Lc 4,20). Ese fue el comentario de Jesús al texto de Isaías que acababa de leer. ¿Qué pudo pasar para que las cosas se torcieran de tal manera que, cuando “todos lo aprobaban y estaban admirados por aquellas palabras de gracia que salían de su boca”, terminaran “indignados, sacándolo fuera del recinto del pueblo hacia un barranco del monte con idea de despeñarlo? (Lc 4, 28).
Lucas no lo explica. Tenemos que deducirlo de las palabras que pone en boca de Jesús. Según nuestro evangelista, alguien en la sinagoga rompió el encanto dejando caer una obviedad: “Pero, ¿no es este el hijo de José?” Lo hemos conocido desde que nació, aquí viven sus familiares, y sabemos por dónde respiran. ¿Y ahora nos viene con que el Espíritu del Señor ha descendido sobre él, como si fuera el Esperado de Israel? El Esperado tiene que ser de otro perfil: batallador, de palabra cortante, judío radical, anti-romano. Esperábamos que inaugurara entre nosotros el poder mesiánico, pues no andamos sobrados de nada, salvo de rabia.
Jesús se desconcierta. No entiende el alboroto. Se entristece porque, entre los que empiezan a levantar la voz, hay algunos familiarmente cercanos. Quizá vio la angustia reflejada en la cara de su madre. No se calló. “Sin duda me recitarán aquel refrán: “Médico, cúrate a ti mismo”; haz también aquí en tu tierra lo que hemos oído que has hecho en Cafarnaún”. ¿Qué Escrituras han leído? ¿Se las recuerdo?
Lo hace. “Les garantizo que en Israel había muchas viudas en tiempos de Elías, cuando estuvo cerrado el cielo tres años y seis meses, y hubo una gran hambre en todo el país; sin embargo, a ninguna de ellas fue enviado Elías, mas que a una viuda de Sarepta, en el territorio de Sidón. Y muchos leprosos había en Israel en tiempos del profeta Eliseo; sin embargo, ninguno de ellos fue curado, mas que Naamán, el sirio.” Cuando los de Israel no se abren a la Palabra, esta busca otros campos donde reverdecer corazones.
Eso fue el colmo. Además, nos refriega en la conciencia una falta de fe. Nosotros creemos en el Dios de las leyes en tablas de piedra, el que hablaba con Moisés en medio de la tormenta, el que nos convoca a acabar con los enemigos de Israel, que son sus enemigos. El nuestro no es ese Dios blando que él predica, que “misericordia quiere y no sacrificios”. ¡Que se vaya de aquí!
Y se fue con su dolor a cuestas, un dolor que seguiría en los cortos meses que anduvo predicando, cuando hasta su familia creía que se había pasado de frenada (Mc 3, 21). Sus paisanos se lo quisieron cargar, pero “él, abriéndose paso entre ellos, se alejó”. A poner señales que llevan a Dios por todos los caminos. Hasta llegar a nosotros. Bienvenido a casa. Tenemos pan y vino. Quédate. Buenos días.