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Apuesta electoral de Theresa May
Un año electoral europeo que ya era trascendente, ahora lo es más. Mientras crece la inquietud por la inminente elección presidencial en Francia y los alemanes se preparan para votar en septiembre, la primera ministra británica Theresa May llamó a elección anticipada el 8 de junio. El resultado influirá seriamente en las negociaciones para el “brexit”, y en la supervivencia misma del Reino Unido. Es de prever que el Partido Conservador de May ganará la elección con facilidad. Como el sistema electoral británico es uninominal, es probable que los conservadores consigan amplia mayoría de más de cien escaños en la Cámara de los Comunes (contra catorce de la actualidad). Si el resultado de la elección da la razón a los encuestadores, May tendrá un mandato popular considerablemente más fuerte que el de Cameron y aunque es improbable que los conservadores obtengan más del 50% de los votos, podrá presentar una gran mayoría parlamentaria como aval a su idea de “brexit” duro, que implica abandonar el mercado único europeo y la unión aduanera, para que el RU pueda imponer controles migratorios a los ciudadanos de la UE, liberarse de la jurisdicción del Tribunal Europeo de Justicia y negociar tratados comerciales propios. May podría implementar un “brexit” duro, mientras todavía no se sienten las consecuencias y la economía sigue impulsada por el consumo a fuerza de endeudamiento. Y le daría más flexibilidad para implementarlo, al no tener que volver a encontrarse con los votantes hasta 2022. Para los liberaldemócratas la elección es una oportunidad de robar simpatizantes a los conservadores y a los laboristas haciendo campaña contra el “brexit” duro que promueve May. Aunque su líder, Tim Farron, no parece opción probable para primer ministro, su oposición a la alianza del partido con los conservadores entre 2010 y 2015 puede atraer a votantes decepcionados con el laborismo. Y el compromiso liberaldemócrata con la permanencia en el mercado común europeo también puede atraer a votantes conservadores más moderados. No hay que descartar la posibilidad de que antes de junio aparezca un nuevo partido de centro. Pero nada impedirá el “brexit”, a menos que todos los parlamentarios “antibrexit” opten por respaldar la formación de un gobierno transitorio y el llamado a un segundo referendo nacional. Aunque esto es extremadamente improbable, la apuesta de May pone en juego la supervivencia misma del RU. Hace poco rechazó el pedido del gobierno escocés de celebrar otro referendo independentista (el segundo desde 2014), con el argumento de que sería un error que los escoceses voten antes de saber el resultado de las negociaciones para el “brexit”. Pero ahora está pidiendo a los británicos que hagan exactamente eso. Si el independentista Partido Nacional Escocés mantiene su nivel de apoyo en la elección general, su líder, la primera ministra escocesa Nicola Sturgeon, tendrá una posición mucho más fuerte para volver a pedir un referendo (quizá tan pronto como el año entrante). El 62 % de escoceses votó por permanecer en la UE, y muchos ven mal que un gobierno británico conservador los arrastre a un “brexit” duro en aras del nacionalismo inglés; el argumento independentista puede resultar convincente. Y el futuro de Irlanda del Norte también está en duda. Así, no es impensable que la “Pequeña Inglaterra” que algunos imaginan termine haciéndose realidad.