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Amarillo como el sol
Ecuador tiene un producto que no solo es su mejor cara de presentación en los mercados foráneos sino que genera, casa adentro, mucho más de lo que se le reconoce. Famoso por su sabor y calidad, ha mantenido ese sitial por décadas. Es por eso que permite al país liderar su comercio mundial, en volumen y en valores monetarios.
Ese producto le da 3.000 millones anuales en divisas y es el gran-gran empleador nacional. Ni la burocracia, tan voraz y tan obesa, se le acerca. No existe ninguna actividad, de cualquier naturaleza, que represente dos millones de empleos directos e indirectos, pues potencia el de industrias que forman parte de su ciclo productivo: las de cartón, plástico -fundas y mangueras-, agroquímicos, transporte terrestre, fumigación. Y a diferencia de otros productos, está todo el año en proceso de cosecha. El maíz o la soya lo hacen cada 3 o 4 meses, la zafra azucarera es anual, la de palma dura el doble. Pero la que debería ser considerada la “niña de nuestros ojos” no: esa se recoge ¡las 52 semanas del año! Es una mina que no cierra ni cuando se decretan los feriados cuánticos. Y no incide, como los excesivos cultivos de palma, en la creciente deforestación.
Y a ese producto, que es nuestro estandarte de la agricultura, el Estado lo mira con desdén, desatendiendo a quienes lo cultivan, sobre todo a pequeños y medianos productores. Y negándoles lo que se han ganado por derecho en décadas de trabajo: apoyo, incentivos, aliento para que se modernicen y sigan siendo competitivos. Los apóstoles del libre mercado, cuando les conviene, abogan por la completa liberalización. Quieren eliminar el precio mínimo referencial y la prohibición de nuevos sembríos, insultando a la lógica: si ya hay exceso de producción -que se pudre-, ¿qué pasará cuando los noveleros cambien sus cultivos e incrementen las hectáreas de la fruta más noble?
En vez de ignorarlos, el Gobierno debe sentarlos en la mesa del Acuerdo Nacional al que no han sido llamados. Porque son ellos los que han hecho del banano el rey de nuestros suelos. Amarillo tenía que ser: como la camiseta de La Tri. O como el sol.