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Mas de 20 anos esperando una visita de sus familiares
El Instituto de Neurociencias acoge a 200 pacientes abandonados por sus parientes. La institución lanza una campaña de concienciación y reinserción.

“Me están dando pastillas molidas, me quieren matar”, se queja desesperado Jhon Zambrano con el psicólogo de residencia Andrés Ashby, en el patio del Instituto de Neurociencias de Guayaquil (INC). Pero sin esperar a recibir una respuesta, Jhon, quien bordea los 60 años, prosigue su camino en zigzag, como si no decidiera qué rumbo tomar. “Así se ponen a veces los pacientes, no quieren tomar la medicación”, explica el psicólogo.
Por allí también pasa Alida Aguirre, de 62 años, quien sufre de epilepsia, cargando sobre sus hombros una canasta llena de ropa para lavar. La vestimenta de los pacientes luce impecable gracias a ella. También es interna, aunque ella no sufre de esquizofrenia como Jhon.
Llegó a Guayaquil cuando tenía 20 años, en busca del único hermano que la quería a pesar de sus convulsiones repentinas y al que dejó de ver cuando ella tenía 6 años, él 15 y la abuela materna que los cuidaba, murió. Antes del instituto vivía con su padre y la esposa de este en la capital.
Deja la canasta en lavandería y llega a la sala de manualidades del INC para conversar con EXPRESO. Recuerda la última vez que visitó a su familia y un gesto de tristeza se marca en su rostro. Fue hace cinco meses, cuando la visitadora social le avisó que habían hallado, en un barrio de Quito, a sus parientes.
Estaba entusiasmada. Pues ya llevaba viviendo 42 años en el instituto y nunca había recibido una visita familiar. Sin dudar tomó un bus a la capital y llegó a la casa de su padre, madrastra y medios hermanos. “Él ya no me reconoció, estaba muy viejito”, recuerda, sobre su padre. “Estuve pocos días, luego ellos me embarcaron en un bus de regreso a Guayaquil. No me quisieron allí”, lamenta.
El caso de Alida es uno de los últimos intentos de reinserción que ha hecho esa institución, antes llamada Lorenzo Ponce, para vincular a sus pacientes con trastornos mentales, con sus respectivas familias.
Ese hospital psiquiátrico cuenta con 250 internos, de los cuales 200 no reciben, la mayoría desde hace más de 20 años, visitas de sus familiares.
Este es un problema con el que ha vivido ese establecimiento de la Junta de Beneficencia por años. Y que cada vez se le hace más difícil superar. Por cada paciente, el hospital gasta $ 800 mensuales, entre alojamiento, alimentos, ropa y medicación.
“A la mayoría, sus familiares los abandonaron aquí, como a Jhon. A un grupo los trajo el Innfa y otros fueron rescatados de las calles, como Alida”, explica Susana Ordóñez, jefa de residencia del instituto.
“Mi mamá falleció cuando yo era muy pequeña. De mi abuela no me acuerdo mucho, pero nunca olvido a mi hermano. Él me crió, jugaba conmigo y me llevaba en su espalda a todas partes”, narra Alida con nostalgia.
Le habían dicho que su hermano vivía en el puerto y que era policía. Estuvo cuatro días durmiendo en las calles en busca de él. Jamás lo halló.
El INC inició en 2014 un programa de reinserción, que consistía en conseguir la ubicación de las familias de los pacientes y lograr que estas los aceptaran de nuevo en casa. Desde ese año hasta ahora, el hospital ha reinsertado a 80 personas.
El año pasado, 32 volvieron a sus hogares y la meta para este 2019 es de 25. ¿Por qué menos que antes? Ordóñez explica que cada vez se dificulta más conseguir información de la familia, porque algunos pacientes no recuerdan los nombres de sus seres queridos o no hablan.
Sin embargo, la razón más crítica, es el rechazo de la misma familia. “Porque les implicaría involucrarse en el tratamiento, darles la medicina y acompañarlos a las citas médicas”. Así lo menciona Ashby.
“El vínculo familiar está roto por la distancia de años. Para la familia es complicado vivir con un enfermo mental si no hay quién les cuente el trato que deben tener. Por eso trabajamos en ese aspecto”, explica y añade que ese vínculo es importante para el tratamiento.
“Tuvimos el caso de una señora que estaba a punto de morir y cuando encontramos a su hija y la convencimos de que la recibiera en casa, la paciente se recuperó. Estar cerca de su hija le despertó las ganas de vivir”, narra.
Luego de cinco años de no conseguir los resultados esperados contra este problema, el INC lanzará el miércoles, por primera vez, una campaña de concienciación sobre abandono de personas con trastornos mentales.
“No sé si aún vivirá mi hermano”, dice Alida, con aires de esperanza, mientras se alista para regresar a la lavandería. A la salida del instituto, Jhon esperaba al equipo de este Diario para darle un mensaje. “Llamen a mi mamá, díganle que me venga a ver”.
La campaña Tengo Fe
Por primera vez, el Instituto de Neurociencias lanzará una campaña, cuyo nombre es ‘Tengo Fe’, para evitar más abandonos de personas con trastornos mentales. El evento se realizará en el Auditorio del instituto, ubicado en la avenida Pedro Menéndez Gilbert, el miércoles a las 10:00.
Participarán artistas como Daniel Betancourt, Vivi Parra y Jorge Luis del Hierro. Uno de los motivos que llevó a la creación de la campaña fueron las denuncias presentadas contra el instituto por parte de familiares de los pacientes, al intentar la reinserción. “Nos dijeron que los pacientes, a pesar de ser partes de su familia, eran nuestra responsabilidad”, dice Susasa Ordóñez.
El artículo 153 del COIP señala una sanción de uno a tres años a quien abandone a un miembro de su familia en estado de vulnerabilidad.