Galvanizado en la memoria
A casi 25 años del 11-S, las teorías de conspiración buscan ocultar a los verdaderos culpables del atentado a las Torres Gemelas y blanquear el terrorismo

La Torres Gemelas no explotaron solas, argumentan grupos radicales o de ultraizquierda. Fueron hombres que decidieron matar en nombre de una ideología religiosa deformada.
Falta poco para que se cumplan veinticinco años del 11 de septiembre. Y hay algo que me sigue doliendo: cuánto se ha intentado diluir ese dolor con humo de conspiración.
Durante años, los enemigos de la libertad -los eternos conspiranoicos del terrorismo- han intentado enredar los hechos. Primero insinuando que el propio Estados Unidos estuvo detrás. Ahora, en su versión más reciente y vil, culpando a los judíos. Siempre hay un culpable alternativo. Nunca es Al Qaeda. Nunca son los terroristas.
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En ese afán de tirarle piedras al imperio, terminan lavándole la cara a los asesinos y diluyendo el dolor de miles de familias.
Nada se improvisó, el terrorismo planificó todo
Porque nada de esto salió de la nada. En 1993 una bomba ya había estallado en el World Trade Center. En 1998, Al Qaeda voló las embajadas de EE.UU. en Nairobi y Dar es Salaam. En 2000, atacó el USS Cole. Bin Laden era señalado como culpable desde antes, no por capricho, sino por ese historial, y ya se le exigía al régimen talibán que lo entregara.
Estados Unidos, sabiendo que algo grave se preparaba, dialogaba con Ahmad Sha Massoud y la Alianza del Norte, el único frente que resistía a los talibanes dentro de Afganistán. Massoud llegó a advertir al Pentágono sobre un ataque inminente. El 9 de septiembre de 2001, dos días antes de la destrucción de las Torres, Al Qaeda lo asesinó para asegurarse el respaldo talibán antes de golpear. Nada fue improvisado, ni el atentado ni la respuesta.
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No fueron los edificios los que explotaron solos, como le encanta argumentar a grupos radicales o de ultraizquierda. Fueron hombres que decidieron matar en nombre de una ideología religiosa deformada. Y ahí están las grabaciones de los bomberos esa mañana: el golpe seco de cuerpos que se arrojaban al vacío y caían sobre el pavimento y los techos, porque el fuego no les dejó otra salida.
A las víctimas del terrorismo les debemos galvanizar en nuestra memoria su sacrificio, no relativismo histórico. No hay grieta ideológica que justifique lavarle la cara a quien mata en nombre de Dios.
No le lavemos la cara al terrorismo.