SOS para los que esperan
A las dictaduras les basta reducir lo que la gente se atreve a querer. La larga espera gasta la facultad necesaria para terminarla

. El recurso más valioso que controla una dictadura no es el petróleo ni el dinero. Es el tiempo de la gente
Visto desde arriba, el Caribe se vería en rojo. Una luz intermitente en Cuba, otra en Venezuela, otra en Haití, cada una pidiendo que alguien venga. Son esperas distintas, pero desde esa altura se confunden en una sola.
En Cuba dicen que esto se acaba. Así desde hace más de seis décadas, y la frase se hereda como un apellido. La dijeron los abuelos convencidos, la repiten los nietos con la misma certeza, y entre una generación y otra lo único que no se mueve es la espera. Una de esas señales es más pequeña que las otras.
La publicó Sandra Ceballos, artista, fundadora en su casa de La Habana del espacio de arte independiente más viejo de Cuba, una mujer que nunca se fue. El tiempo, escribió, es una de las estrategias de la mafia que dirige el país. NO MÁS TIEMPO, cerró, en mayúsculas. Ceballos entendió algo que se pasa por alto.
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Lisbeth Zumba
El tiempo como herramienta de control político
La espera parece un estado de quien aguarda. Y además es otra cosa. El recurso más valioso que controla una dictadura no es el petróleo ni el dinero. Es el tiempo de la gente. No hace falta quitarle a un pueblo lo que tiene si se le puede quitar el tiempo en que podría cambiarlo. El triunfo del que manda no llega cuando una sociedad espera. Llega cuando deja de distinguir entre esperar y vivir.
Y esa fabricación se ve. El que lleva medio siglo esperando ya no hace planes a más de un mes. Deposita los hijos, la casa, el oficio que quería, en un lugar llamado cuando esto cambie, y en ese lugar se le va quedando la vida. Convierte el aguante en carácter. Sobre todo aprende a desear poco, porque desear a lo grande, donde nada llega, es una forma de dolor. Ahí está el verdadero mecanismo. Una dictadura no necesita convencer a nadie. Le basta con reducir el tamaño de lo que la gente se atreve a querer. La espera larga gasta justo la facultad que haría falta para terminarla.
Desde arriba seguirían viéndose las mismas luces, y una más, recién encendida sobre La Guaira. Esa pide rescate, y el rescate llega en horas o no llega. Las otras piden algo que ningún equipo trae, que alguien deje de administrarles el tiempo. Y ese tiempo no se cuenta en horas. Se cuenta en vidas posibles que nunca llegaron a existir.
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