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Arturo Moscoso: Cumplir 18

Avatar del Arturo Moscoso Moreno

Durante años pensamos que el progreso iba a ordenar las cosas y que las instituciones iban a sostener ciertos mínimos

Mi hijo Nicolás ha cumplido 18 años y cuando lo miro veo a una persona buena, no en el sentido ingenuo o superficial de esa palabra, sino en ese más escaso y difícil de encontrar, el de alguien con una nobleza que no depende de la ocasión, sino que está ahí incluso cuando nadie está mirando. Además, tiene un humor fino e inteligente que me recuerda mucho a mi padre.

Por eso no puedo evitar pensar en dónde cumple sus 18, porque llegar a la mayoría de edad siempre tiene algo de promesa, una puerta que se abre y la idea de un futuro que se expande. Pero hoy esa promesa es más incierta. Vivimos en un país donde predomina la desconfianza, donde la polarización contamina casi todo y donde muchas veces, para avanzar, se exige ceder en lo que uno es.

En ese contexto, ser bueno no siempre es una ventaja, y a veces incluso parece lo contrario, porque se premia la viveza, se normaliza el atajo y se justifica la corrupción. Esto inevitablemente lleva a preguntarse cómo se sostiene la nobleza en un entorno que la castiga o la vuelve irrelevante.

No tengo una respuesta, pero sí una certeza y es que educar no consiste solo en preparar a alguien para competir en ese mundo, sino en darle herramientas para no creer que todo vale. Que hay formas de estar en la vida que no dependen del contexto, sino de decisiones más profundas.

Durante años pensamos que el progreso, de alguna forma, iba a ordenar las cosas y que las instituciones iban a sostener ciertos mínimos.

Hoy sabemos que no es así y, frente a esa incertidumbre, la tentación del cinismo es enorme, porque es más fácil no creer en nada, no esperar nada y no dar nada.

Sin embargo, es precisamente ahí donde ciertos gestos adquieren un valor distinto, porque ser decente, ser leal y ser bueno dejan de ser palabras bonitas para convertirse en decisiones concretas que, aunque parezcan pequeñas, sostienen más de lo que creemos.

Mi hijo ha cumplido 18 años y al verlo no puedo dejar de pensar que tal vez no todo está perdido. Que en un lugar donde ser bueno parece ingenuo, quizás sea, en realidad, lo más radical que queda.