El odio político destruye la hermandad nacional y amenaza a Ecuador
La polarización y las ofensas personales amenazan la hermandad nacional, mientras el odio político abre espacio a la manipulación y al engaño colectivo

La confrontación y el odio político profundizan las divisiones sociales y ponen en riesgo la hermandad nacional.
Por ese pernicioso y exagerado pasionismo politiquero hemos llegado a un nivel de mutua ofensa que destruye nuestra hermandad nacional. Las reacciones son de naturaleza humana. Lo malo es descender al pantano de la bajeza, huérfano de la luz del razonamiento. Opinar, discrepar o concordar es naturaleza de la democracia y de la libertad de expresión, pero sin alusiones personales ofensivas para no alejarnos del fascinante abrazo del amor y de la solidaridad. Odiándonos les somos útiles como materia prima a esos hábiles maestros del engaño que descuartizan la democracia, deformando la certeza de prosperidad de los pueblos y mutilando la justicia ante el alcahuete guiño de sus seguidores indiferentes a esas trampas del engaño colectivo.
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Los manipuladores del sentimiento ciudadano
Así, nos falta poco tiempo para peregrinar entre los escombros, herencias de esos manipuladores del sentimiento ciudadano, pues la esperanza de prosperidad nos la arrancan y la osamenta de Ecuador se aproxima porque nos convencen esos falsos patriotas. No entremos al lóbrego rito del odio promovido por los malabaristas de la corrupción. Pueblo contra pueblo se conceptúa como un hábito primitivo que olvida a Dios, al no ser aptos para amarnos recíprocamente. Dios es nuestro vínculo supremo, de hermandad. Una cita reza que es más fácil engañar a la gente, que hacerles entender que han sido engañados.
Marcos Mendoza Mero