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La politica como negocio
No es novedad. Siempre ha existido gente que se interesa por la política con ánimo de lucro. Eso no es lo que inquieta. Lo preocupante es que esa sea, ahora, la motivación fundamental para incorporarse a la actividad política. Sin duda, es ahora visible que el enriquecimiento rápido, con relativa garantía de impunidad, es el motivo principal de incorporaciones intempestivas a la función pública, preferiblemente en los más altos niveles de la administración.
Así como es famosa la vieja anécdota de que alguien pidió el cargo que le permitieron elegir en función del sueldo otorgado, sin establecer cuál era la función encomendada, y resultó que correspondía a un alto puesto eclesiástico, ahora se asume no solo en función del salario mensual sino de las posibilidades de altos manejos financieros disfrazados de servicios al país. Vivimos, para qué negarlo, una sociedad que ha hecho del éxito un sinónimo de cuán rápido se ha logrado triunfar, de cuán velozmente se ha logrado acumular riqueza a partir de nuevas modalidades de asalto a los fondos públicos.
Por eso, como la impunidad es uno de los mayores estimulantes para correrse el riesgo de violar la ley y poner en juego la pequeña o gran honra de que pudo ser merecedor el apellido que se heredará a los hijos, mucho de lo que hay que hacer tiene que ver con una administración de justicia proba, que es la que se aspira ejerza la nueva fiscal.
Desgraciadamente, apenas ha llegado a iniciar sus funciones la nueva fiscal, cuando ya tiene tensiones inútiles, al interés nacional hago referencia, con el Consejo de la Judicatura.
¿Por qué tanta pugna en función de quién designa a determinado tipo de funcionarios, me pregunto yo?
Cada cual debe nombrar a su equipo para ser responsable del manejo de su espacio de poder, me permito adelantar. En todo caso, el tema debe resolverse pronto en uno u otro sentido, pues toda incertidumbre en esos temas da lugar a todo tipo de especulaciones y, lo que es peor, a todo tipo de prácticas abusivas.
Es vital sentar precedentes para que la función pública se entienda como una acción de servicio, limpia y honesta.