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Mujeres afro moldean la imagen de sus ancestros

Tras una vida de exclusión y racismo, Lucía Lara abandonó su trabajo como empleada remunerada del hogar en la ciudad blanca de Ibarra, al norte de Ecuador y resolvió dedicarse por entero a su pasión: el arte alfarero de raíces africanas.

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Tras una vida de exclusión y racismo, Lucía Lara abandonó su trabajo como empleada remunerada del hogar en la ciudad blanca de Ibarra, al norte de Ecuador y resolvió dedicarse por entero a su pasión: el arte alfarero de raíces africanas.

En 2003, Lara formó una asociación junto a una decena de compañeras de Mascarilla, una de las 38 comunidades afroecuatorianas en el Valle del Chota.

Con ayuda de un misionero belga, conocedor del continente africano, las mujeres aprendieron a modelar máscaras a imagen y semejanza de sus ancestros.

De los alargados y elegantes rostros que perfilaban con sus manos, emergió un sentimiento de pertenencia. Las anchas narices y prominentes labios hechos de barro cocido plantaron en las mujeres la semilla de la curiosidad sobre su origen.

El orgullo de ser negras afrodescendientes venció por primera vez a la vergüenza de una historia negada. Mientras moldeaba una máscara tras otra, Lara fue capaz de quitarse la máscara que la oprimía desde que nació, la de la discriminación por el color de su piel.

“A través de las máscaras nos interesó saber de dónde veníamos. Nos dejamos de enfadar si nos decían ‘negra’, ‘morena’.

Antes nos parecía una ofensa, pero luego fuimos asimilando que no era algo malo”, explica Paquita Acosta, una de las fundadoras de la asociación Grupo Artesanal Esperanza Negra (GAEN). Como sus compañeras, Acosta nunca antes había visto una máscara africana, pero no tardó en dominar la técnica.

“Nos sorprendimos al darnos cuenta de que teníamos un arte escondido que nunca habíamos visto. Lo llevamos en la sangre”, defiende esta mujer de 45 años, mientras muestra con satisfacción las piezas de cerámica que adornan las paredes de su casa de dos plantas.

La comunidad de Mascarilla, cuyo nombre derivado del kichwa, nada tiene que ver con el arte de sus mujeres, acoge también un proyecto de etnoturismo.

A raíz del éxito de la venta de máscaras a los visitantes, las asociadas decidieron construir dos cabañas con apoyo de varias ONG para alojar a aquellos viajeros que quisieran quedarse a pasar la noche en el poblado de aproximadamente un millar de habitantes.

Además, habilitaron cuartos en sus casas para permitir que los turistas pudieran convivir con las familias y así conocer más de cerca la cultura afrochoteña.

“Ellos tienen que adaptarse a las reglas de la familia, siempre con respeto de un lado y del otro”, afirma Lara, que reside en una modesta casa de cemento y techo de zinc junto a dos de sus cuatro hijos.

“En nuestra comunidad era terrible. Por ser mujer no tenías derecho a hacer cosas diferentes, a salir. Como mujer eras para lavar, para planchar, para hacer todo lo de la casa, pero más no. Nada de estudiar, prepararte para hacer nuevas cosas”, lamenta Betty Acosta, quien gracias en parte a su liderazgo en la asociación GAEN llegó a ser la primera presidenta del Cabildo de Mascarilla.

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Entre el comercio y el arte

Sus actividades artísticas y hosteleras también dan réditos económicos. A pesar de que solo venden las máscaras en una tienda ubicada en su comunidad debido a malas experiencias con negocios de comercio justo en Quito, las alfareras llegaron a obtener cada una hasta 500 dólares mensuales en los tiempos de vacas gordas.

Lara y sus compañeras esperan que en este 2017, Año Internacional del Turismo Sostenible para el Desarrollo, su iniciativa vuelva a prosperar.

En cualquier caso, la dedicación al etnoturismo ya le permitió a Lucía Lara entregar su vida a su actividad, el arte negro. “En las casas donde trabajé, era la primera en levantarme y la última en acostarme. Me pagaban 180 dólares y no querían afiliarme al Seguro Social. Ya no aguantaba más”, proclama esta madre soltera que ha sacado adelante a sus hijos y que ahora defiende sus derechos. Lucía, además, cría cabras para vender leche y cultiva el huerto familiar para proveer a sus descendientes de yuca, aguacate, mangos y plátanos.

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