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Liberales a las barricadas

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Desde Austria, Francia y Estados Unidos, hasta Polonia, Filipinas y Perú, los populistas iliberales van en aumento. Algunos culpan de ello a la globalización arrolladora, otros a la desigualdad de ingresos y otros a élites desconectadas que simplemente no entienden, pero dejan de lado el punto más importante: los liberales demócratas son reacios a abogar por la democracia liberal y están perdiendo la batalla por conquistar los corazones y las mentes de los ciudadanos. Temerosos de la censura o la opresión, han optado por la neutralidad moral: no abogan por un conjunto único de valores, ni por una definición en particular de lo que constituye una vida buena. Una sociedad liberal -casi por definición- permite que sus ciudadanos lleven la vida que desean, siempre que no perjudiquen a los demás. El problema es que en todas partes la política es aristotélica: le importa la virtud. De manera magistral, Robert F. Kennedy Jr. regañó a los estadounidenses por rendir “los valores de excelencia personal y comunidad a la mera acumulación de bienes materiales”. Y añadió: “El PIB lo mide todo (...) excepto lo que hace que la vida valga la pena”. Filósofos que van de Stuart Mill a John Rawls y Martha Nussbaum, han buscado una salida a este dilema del liberalismo. Sería discriminatorio e iliberal promover, y peor aún imponer los valores de un grupo en particular, religioso o de otra índole, mas, se puede y debe promover los valores compartidos -lo que Rawls llama “el consenso coincidente”- que definen a una sociedad liberal. Posiblemente Martin Luther King Jr. dio el mejor ejemplo de la pasión con la que se puede (y se debe) defender tales ideales. Existen pocos a su altura.

Los populistas como Donald Trump y Marine Le Pen emplean la pasión para servir la política del temor y del odio. En contraste, los liberales demócratas defienden sus ideales políticos en un tono que es más apropiado para reuniones pequeñas y corteses, “cediendo el terreno de la conformación de las emociones, a las fuerzas antiliberales”, escribe Nussbaum, y “corriendo el riesgo de que las ideas liberales parezcan tibias y aburridas”.

Según neurocientistas como Steven Pinker, “la emoción es tanto central como legítima en la persuasión política. Las emociones adecuadas son racionales”. Hoy, el único líder liberal demócrata que habla con el lenguaje de los valores y la virtud es Obama, quien promueve la capacidad de vivir juntos, en paz y con respeto mutuo, como la virtud liberal más admirable de todas. En su discurso luego de ser reelegido en 2012 afirmó: “Creemos en unos EE. UU. ... abiertos a los sueños de la hija de un inmigrante que estudia en nuestras escuelas y jura ante nuestra bandera”, buscando conformar un nosotros creíble.

Es necesario que los demócratas liberales aclaren que culpando a otros no se llega a ninguna parte y que asumir una responsabilidad compartida es la única forma de construir un mejor futuro, con reformas económicas y políticas que reduzcan la desigualdad de poder y de ingresos. No debemos permitir que un yihadista o un fanático, que un Trump, una Le Pen, un Chávez, un Maduro o un Putin, destruya este sueño posible.

Project Syndicate

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