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Se va o no se va La gran debacle del brexit

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En junio de 2016, se organizó un referéndum en el Reino Unido para consultar a los británicos si querían o no salir de la Unión Europea. A pesar de que es innegable que la UE nunca ha sido muy popular en la isla, es probable que la consulta no tenga su justificación en estos sentimientos. Más bien, parecería que estuvo sustentada por otras razones políticas. Sin embargo, cualquiera haya sido la motivación del ex primer ministro, David Cameron, o la razón por la que el Parlamento Británico de entonces le apoyó, lo que es seguro es que nadie esperaba que el 51,9 % de los participantes (65 % de la población empadronada) votarían en favor de una salida. Ni siquiera el mismo primer ministro, quien renunció el día después.

La nueva primera ministra, Theresa May, originalmente a favor de permanecer en la UE, no tuvo más opción que respetar la democracia y puso toda su energía y la de su gobierno en la negociación conjunta con los países de la UE para una transición ordenada. Por el lado de los otros países de la UE, la noticia fue recibida primero con consternación, luego con pragmatismo. Por ello, cuando May invocó el 29 de marzo de 2017 el Artículo 50 del Tratado de la Unión Europea, empezó a correr un período de 2 años durante el cual nos comprometimos a buscar un acuerdo de salida lo menos doloroso para todos. Pero si el resultado del referéndum fue inesperado, aún más lo fue el asimilar la complejidad del proceso para poner fin a 45 años de integración. No muchos se dieron cuenta de que el salir de la UE implicaría establecer una frontera rígida entre Irlanda del Norte (Reino Unido) e Irlanda (Unión Europea), un requisito necesario para el funcionamiento de la Unión Aduanera de la UE, pero inaceptable para los irlandeses del norte, así como para la misma May, quien necesita de su apoyo al ser la líder de un gobierno minoritario. Tampoco se esperaba que en Escocia resurgieran sentimientos separatistas, considerados enterrados tras el referéndum de 2015; ni que movimientos antes antiseparatistas cambiaran su opinión declarando que, si pudiesen elegir entre quedarse en la UE o en el RU, ahora elegirían a la UE.

En noviembre 2018 se concluyó el proceso de negociación y el acuerdo de salida. Se logró la mejor opción, según los europeos y May, pero no según el Parlamento británico, cuyos miembros avergonzaron al gobierno de May con el voto más negativo en la historia política británica.

El 29 de enero el Parlamento Británico rechazó una salida sin acuerdo. Parece lógico porque su ausencia afectaría a 3 millones de europeos que viven en el RU, a más de 1 millón de británicos que residen en el continente; distorsionaría el comercio de una manera brutal; para resumir, tendría un precio humano y monetario demasiado alto e innecesario. Sin embargo, esta misma fecha se votó también a favor de un mandato para que May renegocie con la UE el capítulo sobre el ‘back-stop irlandés’, que hace referencia a la parcial extensión de la Unión Aduanera hasta que se encuentre una alternativa aceptable para evitar una frontera rígida entre ambos países. Suena bien y quizás se podría ver como un éxito. No obstante, sería ingenuo pensar que, sin indicar exactamente su alternativa al ‘back-stop’, los 27 Estados Miembros aceptarán reabrir las negociaciones. No porque la UE no quiera evitar el peor escenario, sino porque no creen en un acuerdo mejor que el que hay ahora y porque entienden que el problema de fondo son los diferentes intereses que impiden a los británicos tener una posición que exprese lo que quieren de verdad.

En este punto, la última votación en el RU, si bien ofrece un alivio aparente para los británicos, refleja profundas contradicciones internas que difícilmente se superarán en Bruselas.

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