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Dignidad docente
El futuro y la educación forman un silogismo que, en Ecuador, tiene un problema de base. ¿Qué país se puede aspirar si lo que se construye desde la infancia parte con deficiencias? La vuelta a clases de la Costa, ayer, es buen momento para señalar las necesidades del grupo de personas que tienen en sus manos las semillas de lo que cosechará el Estado en 20 o 30 años. Los niños de todo el mundo se convertirán en un determinado adulto o en otro, dependiendo de la mochila que porten como bagaje.
Las aulas nacionales, desde primaria, están anémicas de vocación y atiborradas de requisitos formales que no solucionan nada. Más vocación y menos ‘titulitis’, más aún si esta última es tramposa. Autoridades educativas: ¿qué talentos saldrán de salones donde pesan más las dificultades que la calidad? Los profesores, por su trascendencia y capacidad de influir en cada cabecita, necesitan un impulso de dignidad: en los sueldos, en su peso, en su rol. Y sobre todo, en su vocación. Ningún genio saldrá de clases en donde las materias se abordan, por imposición, con contenidos con sesgo político, con frustración y con un punto de partida docente de inferioridad. Si se quiere un futuro de progreso, hay que apostar por dar dignidad a los profesores. Puro silogismo deductivo.