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Desencanto democratico global
Según Latinobarómetro, en la región el apoyo a la democracia ha pasado de 61 % en 2010 a 53 % en 2017 y a 48 % en el último informe de 2018. Creemos que está predominando en nuestros pueblos una situación de indiferencia colectiva, resultado de la combinación de una serie de factores históricos y coyunturales que han afectado a las élites y los partidos políticos nacionales por sus crisis hegemónicas, a lo que se conjugan las inequidades de un cambiante y complejo capitalismo global que avasalla. El panorama democrático regional es desolador y preocupante, los llamados regímenes “progresistas” han demostrado lo que son, gobiernos autoritarios y con protervas conductas de perennizarse en el poder. Mientras que los que se autositúan como “conservadores” se identifican con nuevas corrientes políticas que se expresan en la región, como el caso del macrismo o el piñerismo, con grandes afanes revanchistas pero sin tener propuestas nacionales claras y de envergadura para lograr calidad democrática, desarrollo económico y justicia social. Los casos Bolsonaro, AMLO y Uruguay son coyunturales y típicos. Ambas tendencias políticas como parte del bloque histórico en el poder, como diría A. Gramsci, son las fuerzas hegemónicas en nuestras sociedades y construyen formas de pensamiento que condicionan las prácticas cotidianas de los ciudadanos, por ello la vigencia del populismo-clientelar, nacionalismo étnico-religioso, posneoliberalismo y la xenofobia. Pero también está influenciado de los desajustes de largo plazo del capitalismo global y las aberraciones de la política mundial, como la de Trump, Netanyahu, Putin, o los liderazgos de ultraderecha en la UE, el brexit, entre otros. No podemos reducir la democracia a simple instrumentalización electoral o permitir la vigencia de la democracia iliberal que pregonan “tanques de pensamiento “ como Heritage o Cato, que cuestionan los derechos humanos, el cambio climático, la libre circulación, el derecho internacional público y los tratados suscritos, reemplazándolos por los valores supremos de los mercados, las transnacionales, el FMI, o “mi país primero”.