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Diario Expreso Ecuador

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Correa contra la indiferencia

Nada añadió Correa a lo ya dicho en sus alocuciones radiales. Que la consulta es mañosa; que las preguntas son inducidas y Moreno, un traidor.

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No hubo huevos en la caravana de Rafael Correa que recorrió el sur de Quito el martes por la noche. Nomás indiferencia. Los habitantes de Guamaní, Caupichu, La Bretaña, Poder Popular, Lucha de los Pobres, barrios que hasta ayer eran bastiones electorales del correísmo, aparecían en las ventanas y lo dejaban pasar. O no aparecían en absoluto. Algunos se arriesgaron a gritarle “ladrón”. Pocos lo saludaron con entusiasmo. Un grupo no muy grande lo seguía. “Miles”, diría Correa más tarde. En realidad -era fácil contarlos- no pasaban de cien, ciento cincuenta en el mejor momento. En el punto de encuentro, la Terminal Sur de la Ecovía, cabían sobre la vereda. “Esto no es pagado”, gritaban. Si lo fuera, sería baratísimo.

Junto a la salida de buses habían montado una carpita con micrófonos y amplificadores. Desde ahí, arrebatados oradores improvisaban lastimeros discursos que agotaban todas las variaciones posibles sobre el tema de la traición. “Hemos derramado lágrimas”, dijo una. “Nunca pensamos que la hipocresía vendría sobre ruedas”, caricaturizó otro. Un tercero se entretuvo elaborando la lista de los traidores: Carvajal, Serrano, Vicuña, Carrión, Bonilla, Barrera, “el sinvergüenza de Baroja” (abucheos del respetable), Rosana Alvarado... Le faltaron dedos en las manos. Cantaron ‘Venceremos’, ‘El pueblo unido’, ‘La muralla’, ‘Hasta siempre comandante’... El repertorio habitual. Y gritaron sus consignas hasta enronquecer. Así mataron el tiempo, que transcurrió lento y pesado.

El expresidente los hizo esperar más de cuatro horas: los había convocado a las cuatro y media; llegó a las nueve. Y pasó de largo. No se detuvo ni a saludar. A bordo de su camión, que emergió misteriosamente de la terminal y del cual no se bajó en toda la noche, se internó a velocidad considerable por las estrechas y regulares calles de Caupichu. La gente lo siguió a trote sostenido. A ratos el camión aceleraba y los simpatizantes apretaban el paso, se rezagaban, luego corrían para alcanzarlo. Así, tres kilómetros. Las motos policiales y los autos de la seguridad los empujaban con desconsiderados toquecitos, imponiendo a la fuerza su presencia motorizada. En el camino iban quedando los más viejos, las familias con niños, los que no podían mantener el ritmo de la marcha. Los demás, pese al maltrato, continuaban, fieles y anhelantes, en busca de un saludo, una foto, un autógrafo.

Un puñado de asambleístas del correísmo irreductible (Franklin Samaniego, Mauricio Proaño, Esteban Melo), la concejala Anabel Hermosa, el exsecretario de Educación Superior René Ramírez y su esposa, Analía Minteguiaga, eran los personajes más notables entre quienes montaron guardia en la salida de buses de la Terminal Sur. Nadie como para echar cohetes: la gente ni los reconocía. Cuando llegó Correa, los asambleístas y la concejala hallaron su puesto en el camión, donde ya los esperaban Paola Pabón y otra concejala, Luisa Maldonado, entre decenas de gorilas con los escudos policiales en ristre, en prevención de probables proyectiles de origen avícola. Descolados, descorazonados, Ramírez y Minteguiaga saludaban tímidamente desde la calzada, tratando de ser vistos. No volverían a aparecer durante el recorrido.

Aunque tampoco demasiado concurrida (poco más de una treintena de vehículos), la caravana motorizada era de lo más vistosa. Tras el camión, flanqueado por seis motocicletas policiales, venía el imponente todoterreno Toyota Landcruiser de cristales oscuros y sin placas que, al día siguiente, sería pintarrajeado en Quinindé. Iba abriéndose paso, poco delicadamente y no sin riesgo, entre los partidarios que trataban de acercarse. Luego, una patrulla. Tras la patrulla, otro todoterreno de vidrios oscuros y sin placas. Otra patrulla. Dos todo terreno de vidrios oscuros y sin placas. Otra patrulla. Otro todoterreno de vidrios oscuros y sin placas. Medio millón de dólares en vehículos ilegales. Finalmente el resto de carros, de los cuales la mayoría eran taxis y furgonetas vacías que trajeron militantes desde el norte.

Los amplificadores instalados en el camión metían más bulla que los de la carpita. Sonaba la canción de campaña y un discurso grabado de Correa. Al frente, al centro, junto a la diminuta concejala Maldonado, el expresidente avanzaba con el micrófono en la mano, improvisando comentarios no siempre inteligibles. Alcanzaban a distinguirse las últimas palabras de cada frase: “traición”, “anexos”, “les explico”. Con eso bastaba. Repartía piropos: “¡Guapísima!”. Con las chiquillas de falda corta trataba de ser galante a su manera: “¿No te da frío, mi amor?”. Repitió esta pregunta varias veces. Y en ocasiones se le perdía la mirada, apretaba las muelas, se internaba en sus laberintos interiores y reprimía un suspiro.

Dos personas corearon “Siete veces Sí” desde la vereda y la policía los forzó a entrar en su casa, no se sabe si para censurarlos o para protegerlos. Varios gritos de “ladrón, ladrón” quedaron ahogados por el bullicio. Un grupo de minadores de basura se quejó porque la caravana no los dejaba trabajar (en plena calle, donde la administración de Mauricio Rodas ofrece brillantes oportunidades para los de su oficio). Y Correa: “No sea malcriado, aprenda a ser demócrata”.

Así de barrio en barrio. Y en cada barrio, una parada y un discurso. El mismo discurso. Ahí esperaban nuevos grupitos de simpatizantes para sustituir a los extenuados y acezantes que venían corriendo tres kilómetros. Y vuelta a empezar. Hasta la medianoche. Metiendo bulla.

Campaña

Una pobreza franciscana

En algo tiene razón Correa: la del No es una campaña de muy bajo costo. Hasta los carteles escritos a mano alzada que exhiben sus seguidores están hechos en el reverso de antiguos afiches de tiempos mejores. Ni siquiera hay sánduches y colas. Lo único ostentoso y visiblemente caro es su seguridad: un costo que pagan todos los ecuatorianos.

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