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Chivos expiatorios
En un primer momento se pensó que quien iba a pagar los platos rotos en todo este “affaire” que comenzó con los “Panama Papers” y que luego tuvo una carga más puntual con las coimas que pagó la poderosa empresa brasileña Odebrecht, iba a ser el contralor Pólit, ahora a buen recaudo en calidad de “Miami boy” y, además, con una protectora ciudadanía norteamericana que no se sabe desde cuándo la adquirió, ya que no tiene facha alguna de gringo coloradote y rubio. Sin embargo, siendo que el tiempo acostumbra a entregar sorpresas en su implacable transcurrir, aparece nada menos que la figura del vicepresidente de la República, Jorge Glas Espinel, quien se había repetido en estas funciones tras las últimas elecciones del pasado mes de abril. Su historial, del cual se aprovecha la oposición para acusarlo y tratar de que la Asamblea lo llame a su seno para enjuiciarlo, viene de tiempo atrás, esto es desde cuando era ministro del correísmo para luego pasar al segundo poder del Estado. En ambas ocasiones el entonces presidente Correa le entregó el control de los sectores estratégicos, que es como entregarle a cualquiera el cuidado de la más poderosa empresa, con todos sus riesgos y responsabilidades. Sucediendo que en buena cantidad de ministerios y altos organismos estatales la corrupción ha estado “que juega al pepo” (como decíamos en nuestra lejana juventud) con la construcción de importantísimas obras en las que se invirtieron (no se gastó, simplemente, como aclaró Rafico) miles de millones de dólares, el “vice” está en la obligación de responder por tanto “desagüe de fondos”. Así las cosas, la propia Fiscalía anuncia que hay indicios para iniciarle una causa penal, lo que ha hecho que el acusado, para tratar de demostrar su inocencia, le pida a sus camaradas de partido que le permitan ser llamado al seno de la Legislatura, aunque esperará que no se acepte el juicio político sino solamente la causa penal, ya que en el primer caso corre el peligro no solo de quedar sin funciones (como ya lo está) sino de perder el alto cargo que ahora ostenta. Mientras tanto Capaya, aunque sepa que “el que calla otorga”, se acoge al derecho al silencio y no dice lo de esta boca es mía.