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Callejones que se volvieron barrios

Justo en el punto donde interceptan las calles José Estrada Coello y Francisco Robles, una de estas avenidas deja de ser una simple vía para transformarse en un barrio.
No tiene nombre, pero las 50 familias que habitan en 35 casas lo reivindican como un lugar al que sus primeros ocupantes arribaron hace 65 años.
Uno de ellos es Hermel Ramírez Tagle, de 78 años. “Mi hermano Wilfrido fue el primero. Era guardián en un astillero que estaba aquí. Cuando cerró, él se quedó acá”.
Con él llegaron tres hermanos más. Luego los hijos de estos, y después los nietos. En el barrio, la mayoría lleva el apellido Ramírez. Habitan casas que parecen haber sido hechas al apuro, de material reciclado.
Una situación similar se evidencia a 100 metros de donde habita Hermel. Otras 26 viviendas ocupan el callejón Limberg.
Ahí los vecinos llevan 60 años. Hace poco uno de sus habitantes colocó un letrero que en grandes letras se lee: Bienvenidos al barrio Nuevo Jerusalén. Quienes reclaman el derecho de ser reconocidos como sus primeros habitantes son los Santos y los Hemerejildo.
“Sabemos que estamos en sitios que no podrán ser reconocidos legalmente, pero deben entender que somos ocupantes históricos y tenemos derechos”, dice Rita Santos.
Una actitud similar mantienen en el callejón de los Ramírez. “Yo he venido recientemente”, dice María Castaño, casada con uno de los hijos de los tres hermanos que poblaron el lugar. “Soy colombiana y hace 20 años habito aquí. Han dicho que nos van a reubicar. Esperamos que esto se cumpla”.
En ambos caseríos no hay agua potable ni alcantarillado y la mayoría de instalaciones eléctricas son clandestinas. A diferencia de otros barrios informales, que se asientan en la periferia, estos se levantan en un área netamente urbana.
Sus habitantes han establecido un vínculo muy fuerte con el río. Si no son pescadores, se ofrecen como buzos, recicladores de barcos hundidos, estibadores...
Reconocen que están un lugar que dejó de ser el mismo. Hasta hace 10 años, el sitio estaba poblado de bodegas, ahora están en medio del complejo universitario de la Politécnica Salesiana y sus casas son como las piezas que no coinciden en un rompecabezas.
“Son tantos los muchachitos que veo ir y venir que a veces hasta dan ganas de meterse a estudiar”, dice Hermel, quien asegura que hay noches en las que no puede dormir porque “clarito escucho a los profesores dando clases a sus alumnos”.