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Su aventura se inicio con una panaderia

Quería ser ingeniero mecánico, pero una oportunidad de negocio lo alejó de ese cometido. Roberto Rivadeneira tenía 19 años cuando cursaba sus estudios superiores y cuando le nació la idea de montar su propia panadería, un emprendimiento pequeño que inició de manera informal, pero que dio vida a lo que hoy es Kroipan.
Eran los años 80, cuenta este guayaquileño, de 48 años, época en que las panaderías de barrio eran escasas en la ciudad y en la que había una que otra firma industrial. “Para ese entonces trabajaba en una pequeña panadería que era de mi tío. Algo que me gustaba porque me permitía crear y manejar mis propias fórmulas para hacer el pan, el no hacer básicamente lo que las recetas decían”.
Su primer taller, como lo llama, lo montó en su propia casa ubicada en Miraflores (norte de Guayaquil). Allí fue donde aprendió a hacer los primeros dulces que vendía a niños de escuelas y, dos años después, a hacer pan para hot dog y hamburguesas. “En Guayaquil se puso de moda el hot dog de ternera que se vendía en carretillas, eso resultaba novedoso y eso hizo que fuera un buen negocio. Nuestra tarea fue proveerles del pan”.
La mayor demanda lo obligó a tecnificar su negocio. Como no tenía los suficientes recursos económicos optó por elaborarse sus propios equipos. “A mí siempre me gustaron los números y las fórmulas, pero también la investigación y el desarrollo. Lo que hice fue juntar esas dos cosas que me apasionaban. Si tenía que comprar un horno rotatorio italiano en $ 80.000 tuve la opción de hacer uno con $3.000. Si había que adquirir una amasadora americana de $40.000, la alternativa era hacer una de $1.500. No había otra forma”.
Así tomó forma su empresa, que desde el 2006 bautizó como Kroipan. La innovación lo llevó a descubrir que había “un mundo enorme de oferta”: además del pan de hamburguesa y hot dog, panes coctel, roscas y palitos crocantes que se venden en cadenas de supermercados como Supermaxi, Megamaxi, Akí y Mi Comisariato.
Lograr todo eso, dice, no ha sido fácil debido a la fuerte competencia que surgió en el camino y por el esfuerzo económico que le ha significado desarrollar su negocio, sobre todo en un entorno donde no existen verdaderas opciones de crédito para el pequeño emprendedor. El contexto poco ha cambiado, dice Rivadeneira. Continúa la escasez de crédito, pero eso no merma su ilusión de seguir expandiendo su marca. Hace un año empezó el reto de introducir su firma a las tiendas de provincias y cree en su potencial para seguir consolidando su huella en el mercado nacional. “La ventaja es del que golpea primero”, dice.
De tener el apoyo sueña con que, algún día, su producto cruce fronteras. No imagina a un europeo rechazando acompañar el café que toma por las tardes con las roscas o el pan que él y sus trabajadores con esmero producen.