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La Alejo Lascano, la feria de los farmacos en Guayaquil

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La zona es comercial, 100 % comercial. Es como la Bahía, como ese mercado informal que empezó a echar sus raíces en la calle Villamil, allá por los años 70. La diferencia está en lo que se vende, pues si bien esta última oferta prendas de vestir, electrodomésticos y equipos tecnológicos... La otra, ubicada a lo largo de la avenida Alejo Lascano y sus intersecciones con las calles Boyacá, Ximena, Rumichaca, despacha un sinfín de insumos y medicamentos.

El lugar, al que muchos llaman la feria de los medicamentos, ocupa alrededor de cinco cuadras. Cuarenta y tres establecimientos, entre farmacias y distribuidoras farmacéuticas, según la Agencia Nacional de Regulación, Control y Vigilancia Sanitaria, Arcsa, son las protagonistas. Ellas ofertan sus productos a precios que alegran el bolsillo. En algunos casos, realmente bajos.

Por esa razón, decenas de guayaquileños y gente de otras provincias (sobre todo de la Costa) visitan la zona a diario. Encuentran sus fármacos siempre en ‘descuentos’.

Juan Calderón, quien reside en Samanes, por ejemplo, mensualmente compra las medicinas de su madre e hija en el sector. La primera es hipertensa y requiere de Norvas (tableta), la segunda es resistente a la insulina y necesita de glucofage para regular los niveles de esta hormona en su cuerpo.

“En una farmacia independiente gasto por todo un poco más de $ 60 . En las distribuidoras, $ 52. Esos dólares menos me ayudan considerablemente, hoy hay que pensar solo en ahorrar”.

Elizabeth Zevallos, por su parte, adquiere medicamentos para el asma. Entre las pastillas, jarabes y antialérgicos ahorra $ 25 al mes.

En las calles Juan Mendiburo y Escobedo (cruzando Boyacá, hacia el este) también destacan este tipo de negocios. Todos tienen su clientela, se abarrotan con rapidez.

Y si bien hay quienes compran con rapidez (debido a la falta de parqueos), hay también personas, como la enfermera Kathya Velázquez, que aprovechan su ‘visita’ para hacer ‘algo adicional’. “Cada 15 días mientras compro insumos, mando a lavar, aspirar el carro o le hago un balanceo general cerca de aquí. En la zona hay talleres. Es posible hacer varias cosas a la vez”.

Karina Sánchez, propietaria de una farmacia en Nobol, actúa de forma similar. Cada tres semanas retorna a la urbe para abastecer sus perchas. Prefiere comprar directamente en las distribuidoras que en cada laboratorio. “Los precios son los mismos, prefiero comprarlo todo aquí. La atención es inmediata. Además, valiéndome de la visita, luego me voy al malecón, paseo un rato, almuerzo y, si aún tengo tiempo, me voy de compras a la Bahía”.

La droguería Kronos, propiedad de Nicolás Carló, y una de las más antiguas -a decir por su propietario- es una de sus proveedoras. Nosotros, dice Carló refiriéndose a su familia, hemos sido testigos de cada cambio en el sector.

Su padre puso el primer local en la esquina de Boyacá y Alejo Lascano. “Hace cinco décadas éramos prácticamente los únicos. Luego llegaron las distribuidoras Richard O. Custar (que ya no está), Confarma y otras más”.

El auge empezó a darse en la década de los 90, cuando las pequeñas farmacias, como la de Sánchez, vieron la oportunidad de surtirse con los remedios de todos los laboratorios en un solo local.

“Surtíamos dentro y fuera de la ciudad. El movimiento era espectacular...”. Lastimosamente con la dolarización y la llegada de las grandes cadenas de farmacia, entre el año 2000 y 2005, el negocio decayó. “Cerraron cientos de ellas, no teníamos a quién venderles...”.

El choque fue tremendo. Y ante ello, “unos optaron por no ser más distribuidoras (se convirtieron en farmacias) y otros, como nosotros, buscamos nueva clientela”. Ambos espacios y ese es el secreto de su permanencia -eso sí, agrega- mantienen precios similares y ofertas inagotables.

La competencia no le quita el sueño. Allí todos se especializan en algo. Carló, por ejemplo, se caracteriza por vender insumos médicos y sus vecinos, en cambio, pañales, tarros de leche, multivitamínicos, productos homeopáticos o fármacos determinados. “El campo es extenso, hay oportunidad para todos”.

Tanto así, que en los últimos años nuevos locales se han inaugurado. Al 2013, no había más de 30, hoy -tal como lo dijimos al inicio- hay 43.

Las posibilidades de que la zona continúe extendiéndose está latente, pues si el circuito y distrito lo permite (es decir, si aún espacios disponibles y si las distribuidoras cumplen con los requisitos y procedimientos dispuestos por Arcsa), nuevas boticas se instalarán. “En Escobedo, Padre Solano y Riobamba ya lo han hecho. Cuántas hay en realidad, no lo sé... Con el tiempo llegarán más. ¿Qué debemos hacer? Nada, simplemente crear nuevas estrategias que atraigan y convengan al consumidor”, concluyó Carló.

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