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Acuerdo nacional: otro cuento chino

Si se quiere medir la falta de iniciativa política del Gobierno y su incapacidad para cargar de sentido su tarea de transición, basta con preguntar a sus principales personeros por el acuerdo nacional. Lo hizo El Comercio este domingo y Otto Sonnenholzner dio una nueva versión, es la tercera, de lo que pretenden hacer.
El acuerdo nacional es una necesidad. Un país pequeño, con tan pocos sectores competitivos, una agenda tan sobrediagnosticada y tareas tan atrasadas y evidentes, debe acordar unos mínimos en pocos temas que, a la postre, conformen su paquete de políticas de Estado. Sobre el resto hay tiempo y energía sobra para disentir. El presidente Moreno debió proponer esa agenda mínima apenas se instaló en Carondelet. El país debía consensuar sobre el retorno a la democracia, las reformas constitucionales para hacerlo, la lucha contra la corrupción, un programa económico de reactivación y empleo capaz de asumir la enorme deuda pública que el correísmo heredó, medidas sociales de protección a los más vulnerables, la recuperación de la política exterior y políticas de seguridad. Moreno vio cómo trepó su popularidad y no la usó para unir al país y sentar en una mesa a la sociedad política que es la que materializa los acuerdos.
Veinte meses pasaron hasta que, en enero pasado, el presidente evocó el acuerdo nacional sin decir lo que quería proponer. Él y sus voceros hicieron alusión a la agenda 2030 y a los objetivos de desarrollo sostenible planteados por la ONU. Un saludo a la bandera. De hecho el Gobierno preparó un video, que no circuló, basado en un guion tan simplón como inverosímil. Se presentaban unos temas, se situaba el puesto que Ecuador ocupa en cada uno de ellos en el escalafón continental y se afirmaba que en 2030 el país estaría en segundo o tercer lugar. Así de sencillo. Un ejercicio como ese es seductor, pero completamente falaz.
Otto Sonnenholzner llegó a su cargo y le bastaron días para aprenderse el estribillo. Lo asimiló tanto que afirmó, en una entrevista en Teleamazonas, que él pensaba que, como sus colegas políticos estaban atrapados en el día a día, su tarea sería pensar en el futuro...
Digno propósito. Encomiable. Salvo que mientras Moreno, Sonnenholzner, Juan Sebastián Roldán y otros miembros del Gobierno proponen hablar de cómo será el país en el 2030, no saben cómo lograrán consensos políticos para cumplir el acuerdo con el FMI. Solo aquello es un programa político de gobierno. Pero hay infinidad de urgencias: cómo reactivar la economía y el empleo, enfrentar las mafias que hay tras la minería ilegal, volver creíble su famosa lucha contra la corrupción, encarar el complot de Rafael Correa y los suyos y tratar de que la lógica impere: en vez de que los correístas estén dedicados a desestabilizar esta democracia patoja y a dar clases de ética, llevarlos a responder ante la justicia por sus atropellos y sus actos de corrupción.
El acuerdo nacional sobre lo básico es -siempre será- necesario. Pero el Gobierno no sabe qué quiere, cómo quiere y cuándo quiere. Ahora Sonnenholzner vuelve a plantear mesas de diálogo por sector, cuando el Gobierno pasó muchos meses organizando mesas de diálogo. Volver a empezar; poner el énfasis en el mediano plazo en vez de las tareas que tiene Moreno para cumplir con su deber; lanzar la pelota a la sociedad en lugar de viabilizar un acuerdo entre políticos, es un ejercicio vacuo, de retórica sin futuro. Eso hace el vicepresidente que dice que, ojalá, los diálogos empiecen en abril. El presidente tuvo el mismo deseo en enero.