Devoción que corre por las venas

El fervor de la Semana Santa va más allá de las procesiones. Dos fieles comparten su cercanía con la celebración religiosa que atrae a miles de fieles cada año.

Quito /
13 abr 2019 / 21:15

El Domingo de Ramos marca el comienzo de la Semana Santa, una fecha especial para la fe católica. Agitando ramos de olivo se revive en la procesión el triunfo de Cristo.

Sin embargo, estas aclamaciones de alegría durarán poco tiempo, pues enseguida resonarán las notas dolorosas de la pasión de Jesús y los gritos hostiles contra él, que fue condenado a morir en la cruz.

Las iglesias en Quito, que atraen a miles de fieles y turistas, se han preparado para este día. Pero también los católicos fervientes siguen la tradición y salen a celebrar la eucaristía que conmemora la entrada de Jesús a Jerusalén.

EXPRESO ha localizado a dos devotos de estas fechas que aún la celebran desde hace más de 20 años. A su forma, cada uno mantiene viva la fe desde entonces. Uno, participando en las caminatas para recordar que “Dios está vivo”; otro, recordando el significado de las hierbas santas.

50 años fiel al Domingo de Ramos

En las entrañas del tradicional barrio quiteño de San Diego se encuentra Jorge Enrique Vega, un hombre de 63 años que lleva la devoción en su ADN. Cuando niño, con apenas 13 años, empezó con una tradición: asistir siempre a los Domingos de Ramos. Y así lo ha hecho desde entonces. Hoy cumple medio siglo de haber estado, incansablemente, presente en cada fecha de esta celebración, que recuerda la entrada triunfal de Jesús a Jerusalén y es el inicio de Semana Santa.

Reconoce que al comienzo su madre, en cierta medida, lo obligaba a ir. Y que la eucaristía de la mañana era más bien un momento para encontrarse con los ‘guambras’ del barrio, con los que jugaba fútbol en la calle. Pero con el paso del tiempo, y con los valores religiosos que su madre le inculcaba, terminó siendo un fiel peregrino. Está orgulloso de ello. No lo dice, lo demuestra... Cuelga de su cuello un rosario brillante.

No nació en San Diego, pero creció en este, el barrio que tiene un cementerio en el que descansan desde el expresidente Velasco Ibarra hasta Mama Lucha, la popular delincuente. Y en el que hay, además, un convento del que se desprende la mágica leyenda del padre Almeida.

Venden flores y esculpen mármol; de fondo se escucha ‘Cinco centavitos’ de Julio Jaramillo; la policía patrulla con frecuencia; las calles son de piedra; y don Jorge, como lo conocen, es el presidente.

Desde su casa, tradicional por fuera y por dentro, Jorge nos cuenta que a las 07:00 (de hace 30 años) empezaba la celebración del Domingo de Ramos en la iglesia de San Diego. Los ramos de palma de cera (cuya venta hoy está prohibida) resaltaban entre la gente. Algunos, los más adinerados, llevaban los más grandes; otros, anillos y copas... Eso sí, todos con sus mejores galas: vestidos y camisas bien planchados.

Cincuenta años más tarde, su tradición no ha cambiado en nada. Ni siquiera se ha tambaleado por el paso del tiempo. Sigue fiel, con aquella devoción que lo ha impulsado cada domingo a internarse en las eucaristías y en las caminatas con los ramos. “Es como una necesidad”, confiesa, mientras su esposa Patricia lo observa desde la cocina de la casa. Admira su fe.

¿Pero cuál es el objetivo de caminar con el ramo?, le preguntamos. Y responde: “Esto demuestra a la gente que Dios está vivo”. Sin titubear. Después esas hierbas (antes las palmas de cera) que bendice el padre de la iglesia se guardan en la casa. Las usa, dice, cuando hay tormentas, lluvias muy fuertes... así vuelve la calma. Y, además, siente paz luego de haber hecho el recorrido tradicional: “Porque cumplo con algo divino”, señala.

Frente a su casa, donde venden flores, está una señora que al verlo llegar lo saluda con alegría. Le entrega a Jorge algunas hierbas y enseguida él arma el ramo. No tarda más de un minuto. Tiene la habilidad en sus manos. Ese quizás sea el que llevará hoy a la celebración.

Cada Domingo de Ramos, Jorge se despierta a las seis de la mañana. Sabe que debe estar preparado. Se alista y camina con su esposa hacia la iglesia que está a menos de 200 metros de la puerta de su casa. Escoge sus mejores prendas. No olvidan el ramo. Tras hacerlo bendecir, se van... Pero a prepararse para toda la semana, en la que los días más ajetreados son los Jueves, Viernes y Sábados Santos. Este domingo 14 no será la excepción.

Devoción que corre por las venas
Jorge Enrique Vega lleva su devoción en su ADN. (Karina Defas / EXPRESO)

Espiritualidad en las hierbas, más allá de la palma

A Alexandra Sambachi, de 49 años, la conocen en el mercado Santa Clara, uno de los más populares de Quito, como doña Ale. Su puesto de hierbas está en una esquina; al frente, una señora vende palo santo. Cada mañana, a las 07:00, la caserita prepara su pequeña tienda, como lo ha hecho desde hace 26 años. Y en el comienzo de Semana Santa nos cuenta la evolución del ramo sin palma.

Fue ella una de las tres primeras vendedoras (o colonizadoras) de hierbas que ocuparon el mercado, en el centro-norte. Entonces la gente, fiel a la religión, llegaba al kiosko de doña Ale en busca de la palma y otras hierbas. Unas 30 o 40 personas al día. La señora compraba dos o tres cargas de romero, laurel...

Esa realidad ha cambiado. Ahora apenas logra vender paquetes. No más. Pero no se lamenta; al contrario, ha buscado la manera de continuar la tradición de este domingo.

Por eso enseña cuáles son las hierbas que la gente lleva... y cada una de estas guarda una esencia espiritual, además de la medicinal. Por ejemplo, Alexandra arma un ramo básico con laurel, que le da sabor a la comida pero también aleja a los envidiosos, dice; el romero sirve para el mal de orina y apacigua las aguas; o el olivo, que ayuda con el colesterol y limpia las malas energías, y dice que fue la planta con la que Jesús llegó a Jerusalén (además de la palma) y por eso le llaman la ‘planta bendita’.

El ramo, asegura, es un símbolo para recibir a Cristo en esta, la semana más importante para la Iglesia católica.

Cuenta que de su madre, Clemencia Yumipanta, heredó esta ‘profesión’. Eso sí, resalta que fue bachiller del Gran Colombia, que se graduó de secretaria en español, pero que nada de eso hizo peso a la hora de tener su propio negocio. Fue entonces que levantó su puestito.

Sabe de todas las hierbas. Ha leído libros, dice, para conocer todas las funciones de las plantas. Y también porque ella es fuente de vivencias. Por ejemplo, recuerda que a los 39 se quedó embarazada de su tercer hijo. Riesgoso. Pero el agua de higo la purificó. Habla del matico, tilo, eucalipto, toronjil... Recita de memoria para qué sirve cada una. E incluso nos lleva a una esquinita donde también tiene las esencias esotéricas, esas que utilizan aquellos que quieren enamorar a una persona o que su negocio mejore.

“Son los años de experiencia”, confiesa. Y por eso en el mercado todos la conocen: pasa una señora y la saluda; cruza un cargador y le da los buenos días; llega una clienta y la llama por su nombre... Dice que por eso la eligieron desde hace tres años la presidenta de Santa Clara, pero que, tras haber implantado respeto, se retiró el martes 9 de abril.

Devoción que corre por las venas
Alexandra Sambachicuenta la evolución del ramo sin palma. (Karina Defas / EXPRESO)

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