Pedro Infante, el galán que no puede ser olvidado

El actor y cantante mexicano falleció hace 62 años. Hoy se lo recuerda como un hito.

15 abr 2019 / 14:32

Si Pedro Infante viviera hoy, tal vez no sería el galán que fue en la Época de Oro del cine mexicano. Delgado, 1,77 m de estatura y una mirada penetrante, hicieron de este artista nacido en Sinaloa el 18 de noviembre de 1917, un hito en su época.

Su voz capaz de transformarse en triste, feliz o irreverente, según lo requiriera la letra, piel blanquísima y pelo y ojos castaños hicieron las delicias de las jovencitas y las no tanto de los años 40 y 50.

Murió el 15 de abril de 1957. Viajaba como copiloto en un avión que salía de Mérida, haciendo gala de un oficio que no le era ajeno pues ya llevaba más de tres mil horas de vuelo. No fue su primer accidente. Fue el tercero y resultó fatal. Con él se llevó a una mujer que lavaba la ropa y a su hijo.

En su sepelio hubo desmayos y crisis nerviosas. Miles de personas se agolparon a darle su último adiós. Era difícil despedirse de quien siempre se mostró cercano a la gente, que dejó ampliamente plasmado su talento para la música y que, a través de años de carrera, siempre sintió que a la gran pantalla había que verla con respeto.

“Para mí eso del cine es como un cuento de hadas, como visitar el país de las maravillas o el mismo cielo”, decía Infante según recordó su amigo Carlos Franco Sodja en una entrevista de los años 50. Aun así filmó más de 60 películas en entre 1939 y 1957. Y se convirtió en leyenda.

Por eso este 15 de abril de 2019, Mérida se vistió de luto, como ocurre desde hace más de seis décadas. “Pedro Infante pudo haber sido sinaloense, pero en Mérida dejó su corazón y eso tenemos que celebrarlo”, sostiene el alcalde de esa localidad, Renán Barrera Concha, en una entrevista con Efe. Y organizaron una misa en su memoria, una carrera atlética y un festival ranchero encabezado por Armando ‘El Torito’ Infante, hijo de la estrella. Un gran homenaje para quien dejó la vida estando en la cúspide de su carrera, uno que sale del corazón de su gente, de quienes le hicieron grande.

El día que no regresó

Desayunó a las 5:30. Estaba en Mérida, Yucatán. Huevos con jamón, pan, salchichas y café fueron su única comida del día. Una hora y cuarto más tarde, se encontró con el piloto Víctor Manuel Vidal y el mecánico Marcial Bautista para emprender el vuelo en el Consolidated B-24 Libert5ador, una nave de carga en la que Infante sería el copiloto.

Antes de las 7:30 ya estaban dispuestos a despegar, pero a solo 20 metros de altura, empezaron los problemas. Eran las 7:54 cuando el avión cayó en un barrio popular de Mérida. Nunca se supo lo que ocasionó el fatal accidente que terminó con la vida de los tripulantes y de Ruth Rossel que tendía ropa en el patio de su casa.

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