El fútbol no es así

08 dic 2018 / 00:01

    Será en Madrid como pudo haber sido en Miami o en Catar. La final de la Copa Libertadores deja por la vía de la sede elegida una polémica ficticia, expresada con la grandilocuencia argentina, sobre la reconquista española o la copa de los conquistadores porque, además, coincide con la efemérides de la batalla de Ayacucho, último gran enfrentamiento en Sudamérica durante las guerras de independencia con España un 9 de diciembre de 1824.

    Aparte de las anécdotas históricas, la decisión del máximo organismo del fútbol sudamericano es una patada hacia adelante a un balón caliente que nadie quiere agarrar en el continente. Es una derrota de las instituciones, no solamente las deportivas, y una demostración de que en los países latinoamericanos a veces la mejor manera de convivir es no convivir. Europa también pasó por esto y parece que supo remediarlo. Aún está presente en la memoria de los aficionados, y los que no lo son, el trágico episodio de Heysel cuando se disputó una final de la antigua Copa de Europa, en mayo de 1985, con 39 cadáveres calientes en las gradas del estadio belga.

    Ecuador, que muchas veces en asuntos futbolísticos se mira en el espejo argentino, no puede ver el problema como algo tan lejano. No deberíamos olvidar que aquí en los clásicos del Astillero los hinchas de Barcelona no pueden acudir al estadio de Emelec y viceversa. Los clubes europeos decidieron poner fin a los grupos de fanáticos ultras mientras que en este lado del Atlántico todavía se alienta a las barras bravas desde los despachos de los dirigentes deportivos de los más importantes equipos.

    El deporte rey ha dejado escritas para la historia ridículas frases hechas. “El fútbol es así”, “Fútbol es fútbol”, para tratar de explicar las incongruencias de una filosofía de vida en la que no se sabe perder pero tampoco se sabe ganar por culpa de una sociedad que se siente cómoda en el fanatismo más estúpido.

    Madrid es una de las ciudades europeas donde viven más argentinos y llevar allí la denominada “final de las finales” es una recompensa para esos migrantes que no pueden nunca disfrutar en directo de su pasión. Seguro que el choque Boca-River tendrá todavía más repercusión mundial al jugarse allí con toda la mística que arrastra. Esperemos que el partido sea una fiesta y no una crónica de sucesos.

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