Yo no soy Boris

29 ago 2019 / 00:01

Desde que Boris Johnson se mudó a 10 Downing Street, jurando renegociar el acuerdo de retirada del Reino Unido con la Unión Europea, muchos oponentes al brexit han dicho que el nuevo primer ministro británico está “haciendo la de Varoufakis” y que del mismo modo terminará derrotado. Nunca hay que entrar en una negociación si no se está dispuesto a abandonarla sin un acuerdo. La mayor enseñanza es que el enfrentamiento entre un Johnson resuelto y una UE constitucionalmente inflexible va a provocar enorme daño a Europa. A comentaristas y políticos les encanta explotar al máximo el paralelismo brexit-grexit, pero es una comparación ociosa que dificulta comprender cuestiones cruciales, y peor aún, puede acercar un brexit sin acuerdo en el que ambas partes saldrán perjudicadas. Jamás defendí un grexit. Los votantes griegos nos eligieron en enero de 2015 para poner fin al sufrimiento innecesario que les habían impuesto unas políticas ridículas que convirtieron una recesión económica en crisis humanitaria. Ni ellos ni yo, como negociador oficial con la UE, queríamos un conflicto con el bloque. Lo único que demandábamos era políticas razonables que nos permitieran permanecer en la unión monetaria en forma viable y con un mínimo de dignidad. Yo no quería un grexit, pero una mayoría de los griegos creían (y yo sigo creyendo) que la esclavitud de la deuda dentro del euro era peor. El grexit fue un arma que la UE creó y usó para obligar a sucesivos gobiernos griegos a aceptar el encarcelamiento del país en el equivalente neoliberal de una’ workhouse’ de la era victoriana. El brexit en cambio fue una aspiración nacida dentro del RU, enraizada en la incompatibilidad estructural entre el capitalismo anglosajón del ‘laissez-faire’ y el corporativismo continental, e invocada por una coalición formada por sectores de la aristocracia británica que consiguieron cooptar a las comunidades de clase obrera arruinadas por los estragos industriales de Margaret Thatcher. Esos votantes estaban ansiosos de castigar a las élites cosmopolitas londinenses por tratarlos como a ganado sin ningún valor. Irónicamente, el trato que dio el ‘establishment’ de la UE a Grecia contribuyó en gran medida a la exigua mayoría por la que ganó el brexit. Poner en una misma bolsa los dos actos de oposición al ‘establishment’ europeo es una total tontería. Mi objetivo era fortalecer a Europa convirtiéndola de unión de austeridad en ámbito de prosperidad compartida. A diferencia del gobierno de Johnson, teníamos un nuevo mandato democrático y una gran mayoría, como quedó demostrado por el referendo del 5 de julio de 2015 a favor de una estrategia europeísta progresista, que dijera a Europa: no queremos el grexit, pero estamos dispuestos a aceptarlo si fuera necesario. Si yo hubiera tenido éxito, hoy Europa estaría más fuerte, más unida y más capaz de oponerse al aliado natural de Johnson en la Casa Blanca. Yo era un mero ministro de finanzas. Tsipras cedió y el resultado fueron otros cuatro años de crisis, más bríos para el brexit y una UE más débil, mientras la austeridad generalizada contribuía al mal desempeño económico de la eurozona. Los que creen que oponerse a la élite de la UE es axiomáticamente antieuropeo no comprenden que la condescendencia ociosa hacia esa élite es el mejor aliado de los halcones del brexit.

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