Ya toca recuperar el periodismo

14 may 2019 / 00:01

La batahola en que se vio envuelta una conocida periodista de televisión esta semana, a raíz de su viaje a África Central para acompañar a la excanciller Espinosa, suscita una reflexión sobre la relación del periodismo con la política. Reflexión que podría caber en una pregunta de total sentido común: ¿puede un piloto ingerir alcohol antes de un vuelo?

Hay actitudes, deseos o comportamientos ajenos a un oficio; incompatibles con él. Por ejemplo: un periodista no puede aceptar invitaciones de personas, empresas e incluso de instituciones públicas. No puede recibir regalos. No puede asesorar a un político o a un funcionario. Ni darles entrenamiento de ningún tipo, gratuito o pagado. No puede dividir su tiempo entre la política y el periodismo, como si fuera dable portar los dos sombreros. Ni puede ser hoy periodista, mañana político, pasado periodista...

Hay periodistas que legítimamente se volvieron políticos. Uno de esos casos es el de Jimmy Jairala. Apenas perdió la posibilidad de ser alcalde de Guayaquil dijo que pensaba volver al periodismo. Lo dijo convencido de que aquello es lícito y es posible. Como si el periodismo fuera una chaqueta reversible o una puerta giratoria que puede usarse según las circunstancias. Una vez como político y otra como periodista. Como si la mera posibilidad de hacerlo (porque hay empresas periodísticas que lo admiten) la volviera ética. Como si no se entendiera que, en ese caso, el periodismo se vuelve, además, plataforma para mantener intactas sus probabilidades de volver a la política. Aquellos que se despiden del periodismo no deben regresar. Casos como el Jimmy Jairala hubo en el pasado y todos fueron igualmente contraproducentes para este oficio. Freddy Ehlers fue uno de ellos.

El correísmo agravó la crisis del periodismo en Ecuador. Convirtió en funcionarios a cientos, quizá miles de periodistas que, con buenos salarios, pasaron a servir una causa política. Los periodistas que se alquilaron creyeron que seguían siendo periodistas. Correa asumió que como podía convertir periodistas en funcionarios de su causa y en defensores acérrimos de su persona y de sus acciones, el periodismo no es otra cosa que una profesión que se ejerce ofreciéndose al mejor postor. La lógica funcionó en sentido contrario: si él podía alquilar periodistas, aquellos periodistas críticos que tuvo enfrente solo podían ser mercenarios pagados por alguien. Sicarios de tinta.

Había que destruirlos. Perseguirlos y aniquilar las empresas periodísticas. Imponer su visión con la ayuda de un ejército de funcionarios-periodistas organizados por la Secom, apoyados por la Supercom y defendidos por los guerreros digitales de los centros de troles. Esa visión y esa mentalidad acompañan hoy a muchos políticos que, por desgracia para este oficio, cuentan con periodistas que les son enteramente funcionales.

Ahora hay cientos, quizá miles de jóvenes con el título de periodista que, sin haber estado en una redacción, creen que periodismo también es redactar boletines oficiales y defender personas o causas partidistas. Y hay muchos otros (principalmente de radios y canales) que creen que un periodista puede hacer talleres (pagados por supuesto) a políticos y funcionarios (convirtiéndolos en clientes y fuentes) y seguirse diciéndose periodista. O aceptar invitaciones con todo pagado porque aquello no infringe el perfil y los deberes que rigen este oficio. En definitiva, muchos que se dicen periodistas dan la impresión de creer que se puede ser piloto e ingerir licor antes del vuelo.

Este contenido es una producción de Gráficos Nacionales SA Granasa, publicada originalmente en el sitio web www.expreso.ec y protegida por derechos de autor. Su reproducción total o parcial queda prohibida.

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