Una década después...

16 sep 2018 / 00:00

    A las 07:00 del 15 de septiembre del 2008, Lehman Brothers Bank se declaró en bancarrota y con ello se inició la crisis financiera global, cuyos efectos residuales aún afectan al sistema capitalista mundial, como bajas tasas de crecimiento, aumento del desempleo, incremento de las deudas soberanas, etc. Al sistema capitalista como a las religiones monoteístas, las crisis económicas y los cismas son elementos consustanciales que los caracterizan y particularizan. Así, después de la Gran Depresión de 1929, la crisis del 2008 es la mayor crisis financiera de la historia, su peculiaridad está dada en la rapidez como se extendió a nivel global y la intensidad con que impactó en el comercio mundial las actividades productivas y el empleo, inicialmente de los países desarrollados del norte y después a nivel mundial. Pero después de transcurrida una década, parece que los Estados y las élites económicas y políticas no han entendido en su integralidad las características y consecuencias de esta crisis, particularmente los malos seguidores de Adam Smith. Parecería que los “pensadores” liberales no han comprendido el agotamiento del modelo económico, político y social salido de la segunda posguerra y después maquillado en la década de los 70 del siglo pasado, con sus graves secuelas de desigualdades crecientes y de desempleo abierto; provocando el descontento social y, por ende, el aparecimiento de ultrismos y neofascismos cuya muestra más elocuente es la elección de Trump en EE.UU. Recordando que, “El mercado no es capaz por sí solo de mantener el control ordenado, limitando esos excesos y desequilibrios susceptibles de propiciar precipitaciones financieras que, dependiendo de las circunstancias, acaben en una recesión, como ocurrió en el verano del 2007 y se convirtió en crisis global en el otoño del 2008”. Por lo tanto, se deben impulsar más mecanismos de regulación y control de los sectores financieros y bancarios, impulsar una mayor transparencia de estos, desaparecer los “fondos buitres” y paraísos fiscales, reducir el endeudamiento de los Estados y control de los créditos hipotecarios de alto riesgo, entre otros.

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