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Trump y la política exterior de EE.UU.

02 feb 2018 / 00:01

En el primer año de la presidencia de Donald Trump, los daños causados por su gobierno en las relaciones internacionales no fueron tan elevados como se temía. A pesar de su resonante retórica y sus tuits calificando al dictador norcoreano Kim Jong-un de “pequeño hombre cohete”, no comenzó ninguna guerra en la Península Coreana o en el Mar del Sur de China. Tampoco hubo conflicto en torno a Taiwán tras su cuestionamiento de la prolongada política de EE. UU. de “una sola China”. Lejos de pelearse con China, Trump parece haber entablado una cercana relación personal con el presidente Xi Jinping. No inició una guerra comercial imponiendo altos gravámenes aduaneros a importaciones de socios comerciales importantes como China, Alemania y Japón; y a pesar de su negativa a recertificar el acuerdo nuclear con Irán, este sigue en pie. Pero quedan por verse las consecuencias de largo plazo de su decisión unilateral de reconocer a Jerusalén como capital de Israel. Las expectativas de Trump de cooperar más estrechamente con Rusia a costa de los aliados estadounidenses tampoco se materializaron, y la posición oficial de EE. UU. en el conflicto ucraniano no ha cambiado, debido en gran parte a la decisión del presidente ruso Vladimir Putin de interferir en las elecciones presidenciales de 2016, que ha vuelto casi imposible para Trump reorientar la política estadounidense hacia Rusia sin generar una tormenta política interna. Y aunque Trump la calificara como “obsoleta”, la OTAN ha cobrado fuerza y legitimidad gracias al reforzamiento militar ruso y la continuidad de la guerra en Ucrania oriental. Los “adultos en uniforme” de la Casa Blanca (el secretario de Defensa James Mattis, el asesor de Seguridad Nacional H. R. McMaster y el jefe de Gabinete John Kelly) han asegurado la continuidad de la política exterior de EE. UU., y lo mismo parece en política económica y comercial. ¿Significa eso que el mundo puede descansar con alivio? Por supuesto que no. Puede que una política exterior coherente no resista los cambios de ánimo y decisiones espontáneas de Trump. Para empeorar las cosas, los despidos de la administración en el Departamento de Estado han debilitado la política de asuntos exteriores hasta casi llegar a lo estrictamente necesario para cumplir su función. Y la Estrategia de Seguridad Nacional no da muchas más seguridades. Además, el país verá ahora su rivalidad con China y Rusia como potencias globales como la principal amenaza a la seguridad nacional y la paz mundial, en lugar del terrorismo por actores no estatales. Es probable que el 2018 sea de riesgos mucho mayores, dadas las tensiones en el Golfo Pérsico y Líbano, la guerra en Siria, la lucha hegemónica entre Arabia Saudita e Irán, y las provocaciones en la Península Coreana. El factor Trump podría ser la fuente más significativa de incertidumbre, y al socavar la fiabilidad del gobierno de su país, el orden internacional será vulnerable a un inmenso nivel de confusión. EE. UU. se aproxima a sus elecciones de mitad de período en noviembre; será importante considerar cómo los acontecimientos políticos internos pueden afectar su política exterior. ¿Que hará Trump si se encuentra amenazado internamente al mismo tiempo que surge una crisis de política exterior? ¿Seguirán siendo capaces los “adultos en la sala” de manejar su cargo?

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