Tiempos dislocados

08 dic 2018 / 00:01

    Sin duda son extraños los tiempos en que vivimos porque a ratos los pájaros apuntan contra las escopetas y en más de una ocasión confundimos lo esencial con lo circunstancial. Decimos esto porque hace unos días, cuando desde las más oscuras entrañas del fanatismo deportivo se destruía el ideal de Olimpia, al tiempo que se dañaba la imagen de un país y de una querida ciudad, las voces que se alzaron nos resultaron tan ilógicas como absurdas.

    En efecto, cuando las barras bravas destruyeron la final de la Copa Libertadores con actos vandálicos, muchos críticos de la prensa y de la ciudadanía se volcaron satanizando cáusticamente a las autoridades porque no reprimieron, porque no disuadieron. Es verdad que la autoridad debe prevenir y debe provocar sensaciones de seguridad, pero de ahí a extrañar la represión como solución final, resulta también un acto insólito.

    La culpa, la falta, el daño, las tienen y lo hicieron los autores de la barbarie, esos que por incultura, por falta de formación y sin duda de educación, no supieron controlar sus emociones y pasiones y se volcaron a agredir, a destruir sin medir consecuencias. Criticar extrañando la falta de violencia para reprimir constituye una de esas raras paradojas propias de estos tiempos en los que no se asume consecuencias por parte de los autores y siempre se busca en terceros la culpa de lo acontecido.

    Posiblemente faltó previsión, pero eso en sí mismo no justifica que se actúe con irracionalidad e insensatez, y es ahí donde padres y educadores debemos trabajar permanentemente, pues los hechos de Buenos Aires pueden repetirse mañana en cualquier lugar: cuando no me agraden las cosas, cuando deba demostrar mis preferencias o cuando una válvula de escape se presente como oportuna para soltar adrenalina y resentimientos.

    Trabajemos en el niño y el adolescente para formar su integralidad, para entender familia y escuela: que el puro cerebro intelectual y cognitivo no es el fin último de la educación sino más bien, el desarrollo de la persona humana total, que es emociones, valores, principios y voluntad.

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