Resumiendo las cumbres de Trump

10 sep 2018 / 00:01

Las cumbres del presidente norteamericano Donald Trump, con el líder norcoreano Kim Jong-un, en Singapur, y con el presidente ruso, Vladimir Putin, en Helsinki, son historia, como lo es la cumbre del G-7 en Quebec y la cumbre de la OTAN en Bruselas. Pero ya se está hablando de otra cumbre Trump-Putin en Washington, más avanzado este año. La palabra cumbre se la puede utilizar para reuniones de alto nivel de amigos así como de enemigos. Pueden ser bilaterales o multilaterales. Y no existe regla ampliamente aceptada sobre cuándo una reunión deviene en cumbre. Más que cualquier cosa, el término transmite una sensación de importancia que excede la de la reunión común y corriente. La razón principal por la que las cumbres están de regreso es que constituyen la estrategia favorita de Trump para la diplomacia. Trump ve la diplomacia en términos personales. Es un gran defensor de la idea (por debatible que sea) de que las relaciones entre individuos pueden forjar significativamente la relación entre los países que lideran, trascendiendo incluso las marcadas diferencias en materia de políticas. Trump abraza las cumbres por muchas razones relacionadas. Confía en que puede controlar ese formato, o al menos triunfar en él. Gran parte de su carrera profesional antes de entrar a la Casa Blanca transcurrió en el sector de los bienes raíces, donde aparentemente conseguía lo que quería en pequeñas reuniones con socios o rivales. También ha introducido varias innovaciones en la fórmula de las cumbres. Tradicionalmente, se programaban después de meses o años de cuidadosa preparación por parte de funcionarios de menor rango, en que los acuerdos y comunicados han sido negociados en su mayoría o en su totalidad, y están listos para la firma. Hay espacio para un toma y daca, pero el factor sorpresa se mantiene en nivel mínimo. Las cumbres han sido, esencialmente, ocasiones para formalizar lo que en gran parte ya ha sido acordado. Pero Trump ha invertido esta secuencia. Prefiere sesiones fluidas en las que el resultado escrito pueda ser vago, como lo fue en Singapur, o inexistente, como en Helsinki. Esta estrategia tiene muchos riesgos. La cumbre podría estallar y terminar en recriminaciones y ningún acuerdo. Una cumbre que termina sin un acuerdo escrito detallado, en un principio, puede parecer exitosa, pero con el paso del tiempo termina siendo cualquier cosa menos eso. Singapur entra en esta categoría. Helsinki podría ser aún peor, ya que no existe ningún registro escrito de lo que se discutió, si es que se discutió algo, muchos menos de lo que se acordó, a solas, entre Putin y Trump. Un tercer riesgo está exacerbado por la inclinación de Trump por las sesiones individuales sin nadie que tome notas. Los intérpretes de esas reuniones no son sustitutos. Los intérpretes deben traducir no solo palabras, sino también matices de tono, para comunicar lo que se dijo. Pero no son diplomáticos que saben cuándo un error exige una corrección o un diálogo requiere aclaración. La falta de un registro autorizado y acordado mutuamente de lo que se dijo y acordó es una receta para una futura fricción entre los partidos y motivo de desconfianza entre quienes no están presentes. Existe el peligro de esperar demasiado de las cumbres sin suficiente preparación o seguimiento, que simplemente aumentan las probabilidades de que la diplomacia falle, contribuyendo a inestabilidad e incertidumbre geopolítica más que a mitigarla. En un momento en que los riesgos para la paz y la prosperidad global ya son bastantes, esos desenlaces son lo último que necesitamos.

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