¿Renacerá la democracia de EE. UU.?

10 nov 2018 / 00:01

Estados Unidos siempre se consideró a sí mismo un bastión de la democracia. La promovió en todo el mundo y luchó por ella (con gran costo) contra el fascismo en Europa durante la II Guerra Mundial. Ahora esa lucha se trasladó al propio país, que se fundó como una democracia representativa, aunque solo podía votar una pequeña fracción de sus ciudadanos (en su mayoría, terratenientes varones blancos). Los afroamericanos solo tuvieron garantizado el derecho al voto casi medio siglo después de la habilitación del voto femenino en 1920. Las democracias limitan, con razón, el dominio de las mayorías, y por eso consagran ciertos derechos básicos que a nadie pueden ser negados. Pero en EE. UU. esa idea se desvirtuó. Una minoría domina a la mayoría, con poca consideración por sus derechos políticos y económicos. La razón deriva en parte de la Constitución de EE. UU. Si no fuera por el Colegio Electoral (incluido en la Constitución por insistencia de los Estados esclavistas, menos poblados), Al Gore hubiera sido presidente en 2000 y Hillary Clinton en 2016. Pero hay otro elemento que contribuyó a frustrar la voluntad de la mayoría: el recurso del Partido Republicano a la supresión de votantes, al trazado arbitrario de distritos electorales y a otras formas de manipulación electoral. Pronto los estadounidenses blancos de ascendencia europea dejarán de ser mayoría; y una sociedad patriarcal es incompatible con el mundo y la economía del siglo XXI; y las áreas urbanas donde vive la mayoría de estadounidenses han aprendido el valor de la diversidad. Los votantes residentes en estas áreas de crecimiento y dinamismo también han visto el papel que el Estado puede y debe desempeñar para producir prosperidad compartida; han abandonado, a veces casi de un día para otro, viejas creencias de clase. De modo que en una sociedad democrática la única forma en que una minoría puede retener el dominio económico y político es debilitando a la democracia misma. Esa estrategia incluye muchas tácticas. Además de propugnar la inmigración selectiva, las autoridades republicanas han buscado modos de impedir el registro de probables votantes demócratas. Son sorprendentes las trabas que pone EE. UU. al voto, derecho básico de la ciudadanía. Es una de las pocas democracias que tienen elecciones en día laboral, en vez de domingo, lo que dificulta el voto de los trabajadores. Y existe un sistema de encarcelamiento masivo que sigue discriminando a los afroamericanos, que se pensó para negar a los condenados por un delito el derecho al voto. Cuando todo lo demás falla, los republicanos apelan a atarle las manos al gobierno; en parte llenando los tribunales federales de jueces confiables que anulen políticas a las que se oponen los donantes y simpatizantes del Partido Republicano. Puede que los ideales estadounidenses de libertad, democracia y justicia para todos nunca hayan sido una realidad plena, pero hoy son blanco de ataque declarado. La democracia se ha convertido en el gobierno de pocos, por pocos y para pocos; y la justicia para todos es para todos los blancos que puedan pagársela. No es un problema exclusivamente estadounidense. En todo el mundo han llegado al poder líderes autoritarios con escaso compromiso con la democracia. Ella está bajo ataque y todos tenemos la obligación de hacer lo que podamos para salvarla.

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